Momentos estelares

Nunca me coincidió, hasta hace unos días, salir de casa con una camisa blanca, sin planchar, y que alguien me felicitase por llevarla tan bien arrugada. En otro momento de mi vida una enhorabuena así, sarcástica, llena de mala hostia, me habría hundido en la miseria. En general, soy una persona muy sensible a los mazazos, por suaves que sean. Pero en esta ocasión me volví, sonreí con satisfacción, y le di las gracias, en un gesto que sonó de lo más sincero. Todo sucedió rápido, en cierta manera como si no hubiese sucedido nunca, mientras esperaba mi turno en una de las cajas del supermercado que hay al lado de mi casa. Era lunes, o miércoles, o puede que sábado. No era domingo, Moixpor ejemplo. En cambio, también podía ser jueves o martes. Sí recuerdo perfectamente que salí a última hora para comprar pan, o tomates, o una botella de aceite de oliva, no sé, y que ese día me había levantado temprano para trabajar a destajo, aunque al final no hice nada.

Yo nunca empiezo a trabajar sin más, tengo que aclarar. Empiezo a empezar, siguiendo unas pautas estrictas, que desconozco, y que sin embargo cumplo. Es un capricho, o una superstición, o quizá una mera inercia. Entre que me siento delante del ordenador para escribir, y finalmente escribo, muchas veces transcurren hasta dos horas, que ni siquiera garantizan que después escriba. Son dos horas en las que no ocurre nada literario. Empezar es una operación delicada, y sobre todo lenta, que si no se acomete con cordura se precipita a su fin. No pocas veces he querido ir muy rápido, y efectivamente he acabado sin escribir una sola frase. ¿Qué hago en ese tiempo? No tengo ni idea. Ni la menor idea. Ni putísima idea. Esa ignorancia es una de mis manías preferidas a la hora de escribir (artículo completo en El Progreso).

Foto: Terenci Moix (Colita).

Anuncios

«La novela está muerta»

CADA VEZ QUE un escritor dice «La novela está muerta» ocupa varios titulares y provoca uno de esos incendios divertidísimos que se apagan con la punta de un zapato, desde el bar, sin soltar la botella de cerveza. Entre escritores no está mal visto afirmar que la novela murió, y a continuación ponerse a escribir otra novela como si nada. Ni siquiera se trata de una incoherencia digna de mención. Tom Wolfe, Milan Kundera, Roland Barthes, Félix de Azúa, Michael Hirst o Eduardo Mendoza son solo algunos de Tom-Wolfe-006los autores que han alegado, en un sentido u otro, que la novela está muerta, haciendo un alto en la novela que, tal vez, estaban escribiendo en ese mismo momento.

Pero la vida sigue, como si la muerte no fuese el final de nada. En último caso, supongo, se pueden escribir novelas muertas sin que ello impida que a la vez sean obras maestras. «La novela está muerta» solo es una frase más. Incluso podría ser una buena frase para empezar una novela. Recuérdenme que comienza así mi próximo libro.

Tampoco representan una rareza esos otros individuos, a menudo también escritores, que afirman que leer novelas es una pérdida de tiempo de puta madre. Benjamin Disreali decía que cuando necesitaba leer un libro lo escribía, y así se ahorraba algunos sinsabores. Sánchez Ferlosio, por su parte, no tiene reparo en admitir que pocas cosas le aburren tanto como leer novelas, y desde luego escribirlas. Puede presumir de coherencia, pues hace décadas que como autor no frecuenta el género. Nadie fue más contundente, sin embargo, que Josep Pla. Es célebre ese momento de A fondo, el programa de entrevistas que conducía Joaquín Soler Serrano, en el que el escritor ampurdanés afirma: «El hombre que lee novelas a partir de los 35 años creo que es un cretino. ¿No lo cree usted?» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Tom Wolfe (por Jack Robinson).

Espías

El espionaje ya no es aquella misión secreta que lanzabas contra un enemigo, y que según la versión oficial nunca ocurría. Ahora ya ni siquiera hay enemigos, y si los hay cultivan negocios importantísimos entre sí y se llevan de maravilla. Aquel odio frío y deshabitado con que una nación husmeaba en las intimidades de otra Raymond-Chandlerha pasado en la actualidad a ser solo una versión del amor. Curiosamente, con los medios perfectos para ejercer el espionaje, hoy se espía peor que nunca. Antes que tarde, se acaba sabiendo. Ni EE UU se libra. Es como si todo lo que creíamos sólido, se desvaneciese en el aire. Me hace pensar en Raymond Chandler, que creaba detectives y criminales elegantísimos y letales, que andaban de aquí para allá con armas de fuego, y el día que el escritor quiso matarse con una falló el disparo y tuvo que aguantar que sus amigos le reprochasen que, con lo bien que escriba novelas, se suicidase tan mal (artículo completo en El País).

Adiós, editor mío

El escritor se pasa la vida despidiéndose con la mano, dándose besitos en la punta de los dedos, susurrando un ciao polvoriento y nostálgico. En el largo adiós de la literatura, todos los días se registra alguna pérdida irreparable que, digamos la verdad, viene de maravilla para seguir escribiendo. Hablamos de un material de primera calidad, sabrosísimo, casi tropical. En cierto sentido, la pérdida es un hallazgo. Recordemos la ocasión que Juan Carlos Onetti gastó Lobo Antunesun viernes lluvioso despidiéndose de los últimos cigarrillos de la cajetilla, sin darse cuenta de que por entonces, en Buenos Aires, no se vendía tabaco los fines de semana. El sentimiento de pérdida enjauló al escritor. Sin tabaco no era nadie, así que se sentó ante la máquina de escribir y en una tarde firmó un cuento de cuarenta páginas, que sería la primera versión de El pozo.

Perder es bueno. A menudo, la única forma de escribir un nuevo libro es decir adiós al anterior. En el hueco que deja libre, equivalente a una extensísima y vasta nada, todo novelista sueña que cabrá una obra que sobreviva al tiempo y que lo haga célebre. Todos apuntamos muy alto, para caer, si hay suerte, a media altura, y rompernos sólo algunos dientes. Ya alguien advirtió que muy pocos sueños se cumplen. El resto se roncan. Cuando no puedes ser alguien mejor, debes conformarte con ser tú mismo. Quizá baste. Por debajo aún se encuentran aquellos autores que no escriben como nadie, ni siquiera como ellos.

Tal vez una de los adioses más traumáticos es el del escritor a la editorial en que publica. De vísperas, el autor llora al apagar la luz sin consuelo, como cuando en un atardecer cualquiera, mientras paseas feliz de la vida por el campo, pisas una hormiga y la matas. No hay alivio a un dolor así. Sólo te queda, horas después, salir a celebrar el contrato que, meses atrás, habías apalabrado con una nueva editorial. Todas las historias de amor acaban. Si no muere el amor, que es lo común, mueres tú, como ocurrió con Pla o Delibes. Su afecto por Destino no halló un final. En cambio, Sánchez Ferlosio ha abandonado la editorial tras sesenta años, antes de que los daños fuesen mayores. Vivimos otros tiempos, más veloces y locos. Si existe un sitio en el que parece que nunca pasa nada, mientras se suceden las hostias y los dramas, es el mundo literario. Acaso no esté de más advertir, como hizo Kennedy con Jackie ante su llegada funesta a Dallas, que «nos adentramos en territorio de chiflados».

Pese a todo, el adiós es fértil. Duele, pero mece. Años atrás le oí contar a Antonio Lobo Antunes cómo acabó escribiendo gracias a un dolor inmenso. Un día comprendió que toda su vida había escrito para el pie balanceante de un niño muerto. En su época de pediatra, trabajando con muchachos en fase terminal, no pudo evitar hacerse amigo de José Francisco, un niño de cuatro años que murió de cáncer. El día de su fallecimiento, un celador lo envolvió en una sábana blanca y lo tomó en brazos. Lobo Antunes estaba allí y vio cómo el compañero se alejaba con el muchacho, al que le colgaba un pie de la sabana. El autor portugués nunca pudo prescindir de la imagen de ese pie balanceándose como un péndulo, como si dijese adiós con la mano.

Foto: Antonio Lobo Antunes.

Llamadas telefónicas

Cualquiera comete un error estúpido, que no parece grave, y que le conduce a la ruina en poco tiempo. Mi amigo Ernesto es funcionario, y el lunes llamó por teléfono a un compañero de trabajo que se sienta a solo tres despachos de distancia del suyo. Podría haberse levantado, y ya de paso salir a tomar un café, hacer unas compras, regresar a última hora, pero eligió la llamada. Las distancias cortas son a veces las más largas de recorrer. No estás libre de una emboscada. En los años del bachillerato, recuerdo que me levantaba a las siete menos cuarto de la mañana, pasaba una hora en un autobús inmundo, en el que al menos se podía fumar. A continuación aún debía caminar 20 minutos hasta el instituto, y cuando al fin llegaba, Argentine Writer Ricardo Pigliaen lugar de subir a clase de inglés o literatura, como me gustaría, me quedaba a jugar una partida de cartas en el bar de enfrente. Ese último paso hacia el aula se me hacía larguísimo. Estaba lleno de trampas.

Hay una forma de fugacidad que no se acaba nunca. Eso es lo que sintió Ernesto solo de pensar en caminar hasta el despacho de al lado, así que abrevió esos pasos todavía más, descolgando el teléfono. Y eso que no tenía nada que decirse con su compañero. Ni siquiera «hola». En media mañana ya se lo habían dicho tres veces, y todas por teléfono. Pero qué importa que no haya absolutamente nada que decirse. Aun en ese caso, siempre habrá algo. Para eso se ha inventado el verbo «hablar», para decirse cosas que ni siquiera existen. Se lo has visto hacer a tu madre un millón de veces contigo.

En fin, Ernesto marcó el teléfono de su compañero, y mientras este descolgaba casi a cámara lenta, en silencio, mi amigo le preguntó con una extraña prisa en el cuerpo: «¿Ya ha llegado el mierdecillas de tu jefe?». Hubo un silencio antiguo, que duró varios siglos, aunque breves, y entonces una voz surgió del frío con esa lentitud con que los ancianos se levantan del sofá: «Sí, hace un cuarto de hora que ya estoy en el despacho». Ernesto colgó precipitadamente, con la esperanza de salvar el anonimato. Era tarde (artículo completo en El Progreso).

Foto: Ricardo Piglia

«Come pan»

Yo he hecho dos veces el ridículo con sincero énfasis, incluso con cierta clase. Naturalmente, sin énfasis, y sin clase, han sido muchas más. No sé contar. Muchasísimas, una temeridad. Pero en esas dos ocasiones, hubo algo especial. En realidad, todo ocurrió bajo la convicción de estar acertando. Hace unos meses, entré en directo en una radio para hablar de El váter de Onetti. La periodista hizo una hermosa entradilla que casi me hace creer que sabía escribir. Ofreció unas pinceladas sobre algunos episodios míos en discotecas, y detalló, para engordar mi importancia, más bien flacucha, los libros que había escrito. En el segundo que me cedió la palabra para el saludo, me pareció oportuno corregir un pequeñísimo dato, insignificante, pues me había atribuido un título del que yo no era autor. No se trataba sino de un error leve, pero callar cuando te atribuyen un libro ajeno es, de algún sentido, como robar. En ese instante, pensé en el día que una cajera de Carrefour me devolvió diez euros de más. Con la diferencia de que en una ocasión así te callas. Sólo piensas en salir rápido del supermercado y despilfarrar los diez euros. Como si tuvieses más. Hecha la precisión, ella se disculpó y yo, a solas por fin con mis libros, me sentí ligeramente aliviado. Creo que fue como la vez que gay-talese-01Josep Pla, al tercer día de su llegada a Andratx para pasar unas vacaciones con los Porcel, en 1965, escribió con fina sobriedad en su diario: «Hoy me he aclimatado (porque he ido al váter)».

Finalizada la entrevista, regresamos al tuteo y la periodista dijo que no sabía por qué, pero estaba casi segura de haber leído en algún sitio de fiar lo de «ese libro». Dibujó, con una sonrisa rota, un mapa de su desconcierto. Me empezaron a entrar las dudas y rápidamente se me contagió su turbación. Tan pronto abandoné la emisora, llamé a casa por si a alguien le sonaba que yo hubiese escrito aquel libro, después de todo. Me confirmaron que sí. «Por qué lo preguntas», quiso averiguar mi madre. «Por nada», le expliqué, y colgué.

Estas cosas pasan, me dije para animarme. Y de pronto, recordé que venían de familia. Mi abuelo se llamaba Silverio Tallón Reigada, y un día apareció un mensajero con un paquete para Silverio Tallón Núñez. «Hay algún error», dijo mi abuelo, gruñando. «Aquí no existe ningún Silverio Tallón Núñez. Yo soy Silverio Tallón Reigada, para servirle». Trabajaba en el registro y presumió de conocer a más de cinco mil personas por sus nombres y apellidos. Afortunadamente, en ese momento pasaba por allí una vecina, que le alertó de que a ver si Silverio Tallón Núñez, más conocido como Pepe, iba ser su hijo. Sí, era.

Ya me había repuesto del ridículo, cuando hace un par de semanas me llamaron de un periódico. «Y dime, qué es eso tan importante que hace un escritor todos los días», preguntó. No sé que clase de respuesta esperaba, pero yo no tuve ni que pensarla. «Salir a comprar el pan». En la infancia, mi madre se pasaba las comidas diciendo «come pan». Mi hermana y yo nos hicimos a la idea de que no comer pan era de mala educación. Aprendimos que la vida no tenía sentido sin pan. Te despistabas metiendo dos bocados seguidos al bistec, y ya oías aquella voz: «Come pan». Desde entonces, nada es lo bastante importante en mi vida que no pueda salir antes a comprar una barra. Ni siquiera escribir. Es un ceremonia lo suficientemente ridícula como para ser sustancial. Las cosas importantes, a la postre, no son sino una suma de cosas intrascendentes. Como cuando Gay Talese dice que no puede escribir sin un traje de tres piezas, reluciente. Yo, así, no sabría ni escribir mi nombre. Como mucho, me vestiría así para mi entierro, y aprovechar una camisa color salmón que tengo.

Foto: Gay Talese.

Los calzoncillos de ayer

Nunca trabajes en casa, no dispongas una oficina recóndita y cálida en tu hogar, no tengas tu despacho en el mismo sitio que duermes. No tengas casa. En poco tiempo se desplomará sobre ti, como lluvia de invierno, y si tienes mala suerte, como yo, saldrás sin un rasguño. Tu ruina empieza ese día que sueñas con no mojarte al salir de casa, y con no madrugar para coger el autobús, o con darte el pequeño lujo de echar un trago en mitad del trabajo, para estirar las piernas. Malditos sueños. Hace dos semanas, infeliz de mí, se me ocurrió cumplir uno. No me daba ese gusto desde que hace unos años me compré unos pantalones de cuero, para una ocasión. Sólo tuve que expulsar a Gilda, mi perra, de su habitación, y meter en su lugar una mesa y una silla. Richard BurtonEl primer día de trabajo no me quité el pijama hasta las doce del mediodía. Y porque se presentaba la del Círculo de Lectores, con la que mantengo relaciones sexuales en mis sueños, precisamente.

El segundo día trabajando en casa noté que me atascaba con un artículo para Jot Down. Esto lo arreglo yo, me dije, con una cerveza. Me envalentoné, sin venir a cuento, a las cinco de la tarde. Lamentablemente, tres horas después seguía atascado, y borracho. A cambio, esa jornada aciaga me estaba dando el capricho de no ducharme, no afeitarme y seguir con el calzoncillo de ayer. Confieso que en estas dos semanas, por inercia, he ido aprendiendo a perderle el respeto a la higiene, paulatinamente. Quién sabe si esas son el tipo de cosas que hacen evolucionar tu estilo. Me animaba pensando en Josep Pla y sus dedos amarillos.

Una cosa condujo a otra, incluso dejó de conducir, y ahora me da pereza salir a hacer la compra. Ya no tengo yogures. Ni queso. Ni pechuga de pavo. Ni novelas de Gonçalo M. Tavares. Pronto se acabará la leche. En cambio, he empezado a ver hormigas en la cocina. «No le prestemos atención», le propuse a Gilda. «Matémoslas con nuestra indiferencia». Tal vez nada sea lo bastante grave mientras haya cigarros. Puede. Supongo que en ese caso es una pena que no fume.

El sentimiento de que el mundo se precipita hacia la ruina, tan antiguo, pero tan arraigado, empezó a volverse insoportable el viernes. Eran las ocho de la tarde y yo estaba en pijama, escribiendo un manual del fútbol, cuando me llamó un amigo para tomar unas cervezas. «¿Ahora?», pregunté con fastidio. «No, ayer», dijo, molesto. No supe cómo excusarme para no salir a beber. Se me vino el mundo encima. La sola idea de encontrar unos calcetines me hacía llorar. Todo era raro. No sentía tanta pereza desde hacía semanas, supongo que cuando supe que Pérez Reverte pretendía romper otra vez la pana con uno de sus libros, pretenciosos y huecos. Finalmente, alegué que tenía que poner una lavadora. La decepción fue automática. Nunca me hubiese esperado algo así de mí mismo. ¡Negarme una cerveza! No hace falta decir que esta semana desmonto la mesa. Gilda regresa a su habitación. Y yo al bar.

Foto: Richard Burton.

Un país de mierda

Este país que tenemos, ¿es una mierda? Seguramente sí. No veo qué otra cosa podría ser con gente como nosotros. Pero está bien así. Quién sabe en qué nación acabaríamos convertidos si erradicásemos de golpe nuestra corrupción. Las cosas deben seguir siempre su curso. Josep Pla cuenta en Madrid, 1921 que una vez un campesino y su mujer paseaban por el campo y vieron colgado de un árbol a un ahorcado que todavía respiraba. Lo salvaron y lo llevaron a su casa. Más información

El cigarro de después

A veces el secreto de una vida larga y sin sobresaltos es saber perder bien del tiempo, como cuando Josep Pla consumía una mañana liando aquellos cigarrillos a la búsqueda, al parecer, del adjetivo perfecto. Como si eso existiese. No es distinto en el fútbol. Cuando el partido llega a cierta altura postrera, y el resultado se ha puesto de cara, conviene liarse un cigarro lentamente, derrochando el tiempo en toques inanes, en fruslerías, mientras dejas que el rival se muera despacio, desangrado, lejos de un hospital.

Durante muchos años, cuando el club sólo disponía de un par de balones, en el campo del Vilardevós, en segunda regional, zona norte, el tiempo no se perdía en el córner.Ken-Aston Nuestros jugadores no tenían técnica bastante para cruzar el Mississippi y llegar tan lejos. Ojalá. Ni siquiera nos tirábamos al suelo, simulando una lesión del ligamento cruzado anterior de la rodilla. Ignorábamos si teníamos ese ligamento en concreto. Tampoco necesitábamos incurrir en pantomimas. Justo al lado del campo, que apenas tenía un muro de dos metros de altura, había una granja de vacas, vigiladas por dos mastines. Hacia ahí dirigía el guardameta, que era el jugador con mejor toque, los saques de portería. Huelga decir que no existían los recogepelotas, de modo que si querían empatar, alguien del equipo rival debía ir en busca del balón. Era hermoso verlo adentrarse en la granja, pisar bostas de cuarenta centímetros de diámetro, recoger el balón, que a menudo estaba justo sobre una, y salir corriendo delante de los perros. A veces se perdían diez minutos en esa maniobra de rescate.

Naturalmente, para perder el tiempo hay que tener paciencia y carecer de cierta ambición, como en el instituto, cuando preparabas a conciencia los exámenes, pero no demasiado a conciencia, apenas para sacar un cinco raspado, y que nadie pensase que tenías planes para la vida. Ya sabemos que hay equipos que, cuando ganan por un gol, y el final se acerca, perseveran en el ataque, en busca no tanto de un cigarrillo, a poder ser rubio y americano, como de un gol de la tranquilidad. O a poder ser, dos. En el fondo, esos son equipos con miedo, temerosos de que el rival se recomponga el peinado en un golpe de suerte y empate. No saben vivir con el agua al cuello. Temen jugarse los cuartos ante esa clase de rivales que ignoran qué es la muerte, que siempre luchan, y que si son lo suficientemente alemanes, sacan petróleo hasta de la nariz, y te empatan, incluso te ganan. Guardan semejanzas con esa casta de héroes del cine western, que, después de recibir cuatro disparos, cada cual más letal, se arrastran por el suelo, consiguen subirse al caballo, cruzar inconscientes las llanuras desérticas, y después de varias jornadas de cabalgadura, llegan a Kansas City, y con los cuidados de una anciana caritativa, se reponen.

El fútbol es tiempo. Y el tiempo no sabemos del todo qué es. Ni siquiera de su velocidad existen certezas absolutas. A veces acelera, a veces frena. Depende del resultado. Cuando se aproxima el minuto noventa, más el descuento, al fútbol también se juega en estático, cruzándose de brazos, fumando en una esquina, junto al córner, con los chicos del barrio, y pidiendo al camarero que vaya abriendo una ronda de cervezas, por favor. Existe un tipo de jugador muy particular que, al acabar el partido, gusta de echarse un cigarro. Cuando las circunstancias lo permiten, o lo aconsejan, lo enciende incluso antes de que finalice el encuentro, para acelerar el pitido final. En esos consiste la buena pérdida de tiempo: en precipitar un momento maravilloso.

En última instancia, como en la vida, jugar al fútbol es participar en un negocio, y en cualquier negocio, como bien estableció Lucky Luciano, lo importante es no ser el muerto. Hay que conservar la posesión cueste lo que cueste. Tu rival, después de todo, siempre tiene las peores intenciones. No descartes que, si se hace con la pelota, intente marcar gol. Por esa razón, cuando el balón por un milagro cae en tus pies, y tienes mucho que perder, lo acunas, lo metes en un bolsillo, lo llevas al córner, le enseñas las vistas, habláis de qué bonito sería todo si el puto árbitro pitase en ese justo instante el puto final.