Barça-Madrid: !Banzai!

Un Madrid-Barça te lleva la límite. Ni siquiera tienes que ser seguidor de uno de los dos equipos. Hay algo en él que apasiona oscuramente, como la ruleta rusa, o los alucinógenos, o Kate Moss. Tal vez fascine porque el país se divide en dos partes, y se lanzan la una contra la otra al grito de «¡Banzai!», mientras los seguidores del Atlético atracamos el Banco de España. Es hermoso ese choque, el miedo, el ruido que emiten los nervios, parecido al de una sierra. Hablamos de un partido que promete una lucha a muerte, siguiendo aquella bellísima máxima de Héctor Bambino Veira: «De la mitad para atrás, Vietnam. De la mitad para adelante, explosión». No importa que no te guste el fútbol. Quién ha dicho que un Madrid-Barça sea fútbol. Algunos días es la constatación de un milagro, como el ‘maracanazo’. «Si suena como literatura, lo reescribo», decía Elmore Leonard, que sostenía que la literatura no servía para hacer literatura. En el mismo sentido, si el fútbol sólo fuese eso, fútbol, si no fuese algo completamente distinto, efervescente, novelesco, apegado a los fracasos diarios que te sirven de lección, a estas alturas el fútbol ya sería sólo un placer liviano, como el té de la tarde o los calcetines de lana.

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La sorpresa fue mayúscula

No me gustan las sorpresas. Desconfío de la gente que disfruta con ellas. No menos que de la gente que rechaza un chupito de hierbas sólo porque no le gusta. O de la que nunca saca el brazo por la ventanilla mientras conduce. Esas sorpresas que algunos tanto veneran, cuando te das la vuelta se traducen en adolescentes que abren eufóricos su regalo y encuentran –toma sorpresa– unos calzoncillos de otra talla o unos calcetines negros. O un libro. Gestionar esa decepción, de tal forma que parezcas entusiasmado, es la clase de cosas que te lleva a creer que la vida es una mierda. Más información