Pájaros

Intenté comprar Pájaros de América de Lorrie Moore. Cuando llamé por teléfono a la librería, el librero dijo que no les quedaba, y que seguramente estaba descatalogado. “Ni lo intentes”, me sugirió, supongo que para animarme. A continuación, busqué en la página web de Salamandra, que en su día lo había editado para España. Para mi sorpresa, Moore ni siquiera aparecía ya como autora de la editorial. Ni el menor rastro. Mal asunto, pensé. Quizá fuese uno de esos casos en los que algo que empezó bien acaba mal, y para superarlo y seguir adelante se borran las huellas, como cuando se rompe la relación con una pareja abruptamente y se arrojan a la basura fotos, recuerdos, regalos, cualquier cosa que recuerde a la otra parte.

Me sumergí en Google al tiempo que pensaba que era terrible que libros malísimos estuviesen impresos y se adquiriesen en cualquier parte, y otros, extraordinarios, nadie se ofreciese a reeditarlos cuando se agotaban. Fui a dar al proceloso mundo de los libros de segunda mano, que a su vez conduce al desencanto y la nada. En Amazon, un señor muy simpático, en Valencia, vendía un ejemplar exactamente igual al mío, de bolsillo, por 525 euros. Pedía 2,99 aparte para cubrir los gastos de envío. Eso me pareció un golpe de genialidad, humor del bueno. Me reí, y después susurré algo que sonó a “menudo gilipollas”, aunque no puedo asegurarlo. A ver si estaba yo perdiendo dinero por aferrarme a mi volumen en lugar de ponerlo también a la venta (artículo completo en El Progreso).

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Camarero, la última

El peligro es una exaltación arcaica, más o menos inasible y turbia. Algunos días se manifiesta en circunstancias inverosímiles, sin invitación, y te descabalga. En tercero de bachillerato yo me sentaba con Óscar, un tipo duro, sin modales, que me enseñó a suspender seis asignaturas de una tacada en un trimestre. Tengo un buen recuerdo de él. Hacía cosas tan bellas y delicadas como liar dos porros a la vez. Yo veía en silencio aquella danza y me parecía que era como interpretar al piano un allegro moderato de Schubert. En cambio, cuando redactaba un trabajo, y se enfrentaba a un diptongo o un hiato, le castañeaban los dientes. No sabía colocar la tilde, y, cada vez que se acercaba una secuencia de dos vocales, la sombra le producía un gélido desasosiego. No tenía sentido, pero el miedo es eso, un sin sentido que te toma, te va tomando, te tomó. Su lógica te aplasta como si fueses un despreciable cigarrillo salido de una escena de Sergio Leone. No se deja explicar. Alvaro-CunqueiroCortázar, que había escrito instrucciones para subir escaleras, o para dar correa a un reloj, redactó también unas breves notas para tener miedo. Pero el miedo, por regla general, huye del contacto.

Algunos días la boca todavía me sabe a la noche que entré en un pub de Ourense para tomar la última copa, y el camarero me respondió que no había más copas. Nada se compara a la displicencia de un camarero. Suena como uno de esos tiros fallidos, filmados también por Sergio Leone, que te hacen volar el sombrero veinte metros. Era un viernes triste y apacible, como a mí me gustan. Hay un cuento de Lorrie Moore en el que la narradora señala que hay que elegir la infelicidad con cuidado. «Esa –añade– es la única felicidad en esta vida: elegir la mejor infelicidad». Nunca me sentí tan expuesto a la intemperie como a esa hora. En el primer momento creí que se refería a que no había vasos limpios y me conformé con que me diese de beber en uno sucio. No soy dogmático. «Ni sucias, ni limpias, ni hostias», precisó el camarero. Nadie me había negado la última copa de esa manera. De pronto, sentí miedo, como si temiese llegar a casa sobrio e introducir la llave en la cerradura a la primera. Es la clase de error que aguarda tu madre, despierta en la cama, para dormirse tranquila. Pero tú no estás hecho para acertar, como cuando a Hector Bambino Veira, jugando en San Lorenzo, su compañero Roberto El Oveja Telch le pidió que corriera más. Veira no estaba hecho para correr, le gustaba trasnochar y hacer gol pausadamente, al toque, sin perder el aliento con galopadas frenéticas y bobaliconas. «Correr vos que para eso te acostás a las ocho de la noche», le respondió como el genio que era (artículo completo en El Progreso).

Foto: Álvaro Cunqueiro.