Ganar la guerra

Cuando empiezas una guerra te predispones a creer que será corta. Miras a la guerra y de vez en cuando también al reloj, como si fueses un obrero pendiente del tiempo que falta para irse a su casa. Algunos días no tienes claro qué deseas más, si ganarla o que simplemente acabe. No eres un desnortado ambicioso, y los tiempos de las cosas que duraban toda la vida se fueron para siempre. Te agrada pensar que estás muy ocupado, y las guerras reclaman demasiada atención y esfuerzo. Eres menos sentimental de lo que fuiste. Hay un punto a partir del cual solo pretendes pasar a otro asunto. Es una ventaja ser una persona a la que se la suda todo, porque puedes olvidar que vives en guerra, mientras esta tiene lugar, como en el caso de mi vecino. Estuvo un año en guerra con una máquina expendedora. Primero cruenta, después dormida, hasta que un día la olvidó. La guerra continuaba, pero él ya había pasado a otros asuntos. Ni siquiera estudiaba el reloj.

Hace unos días, mientras visitaba su cuenta bancaria para comprobar cómo iban sus negocios, descubrió por casualidad que la guerra había finalizado. Había ganado él. “Me invadió una extraña alegría, que no se extendió por todo el cuerpo, como cuando tiras algo a la papelera, desde lejos, y aciertas. Cerré el puño, satisfecho, y ahí se agotó el regocijo”, me contó. Quizá se le habían pasado las ganas de ganar. El principio de la guerra quedaba demasiado lejos. Todo comenzó en el aeropuerto de Madrid, un día que volaba con su pareja a Bolonia. Esperaban a la hora de embarque cuando reparó en una máquina expendedora. Se detuvo ante ella, por puro aburrimiento, y mientras estudiaba el género, el color rojo de la Coca Cola hizo su trabajo. Hacía meses que no bebía una (artículo completo en El Progreso).

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