La patria en el cajón

En la vieja casa de un poeta muerto y olvidado, a la que acudimos de visita, mi padre encontró hace años abandonada una cerradura oxidada, inservible. Cabía en la palma de la mano y pasaba de los ciento veinte años. No tenía ya nada que cerrar, si bien conservaba una hermosa llave que la mantenía con vida, pese al tiempo. Al girarla producía un sonido recio, parecido a una voz fumadora, aunque lleno de belleza. Casi te hacía imaginar que saldría un genio del clic, o al menos un antiguo poema, o siquiera una rima. Pero más allá de ese esplendor imaginario, la cerradura era un objeto francamente inútil. Solo daban ganas de dejarla donde estaba un siglo más. “¿Me la puedo quedar?”, preguntó inesperadamente mi padre al dueño de la casa, que hizo un gesto entusiasta con una mano y dijo: “Llévatela, por favor”.

Pasaron los meses y me olvidé de la cerradura. Entonces supe que mi padre había comprado un nogal centenario, cuya madera había llevado a un secadero, para tratar. “Te voy a hacer una mesa de despacho”, me anunció por teléfono, “que tendrá un cajón, que tendrá una pequeña cerradura, que tendrá una llave preciosa, con más un siglo de antigüedad”. No tuvo que decirme nada más. Me acordé del poeta, que ya no sería nunca más un poeta olvidado y simplemente muerto para nosotros. Me sentí atrapado en el desconcierto de cómo hay personas capaces de no detenerse hasta encontrar futuro a cosas que solo acumulan pasado y óxido (artículo completo en El Progreso).

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Instrucciones para ordenar la mesa

Algunos días la vida entera desemboca en tu mesa de trabajo, en la que se agolpa un caos apremiante, que hace chispas. Montañas de carpetas, anotaciones inservibles en post-it, columnas de libros que imitan a los ladrillos, cervezas casi vacías, portarretratos, el teléfono, lápices, libros abiertos boca abajo, unas pocas monedas, bolígrafos sin tapa, tazas de café, fundas de gafas, cucharas, unos auriculares, tapas de bolígrafo, velas, el ordenador portátil, libretas abiertas y cerradas, cables, un ejemplar de recuerdo del Frankfurter Allgemeiner Zeitug, una pala de juguete de tu hija o, en las peores horas, un martillo y un trapo con la piel de una manzana. Todo cae ahí, lenta y peligrosamente, casi a escondidas, hasta que la visión del desorden se vuelve hostil, y te paraliza. mesaPrimero no era nada y a continuación ya era una bomba haciendo tic tac que desmoraliza a cualquiera, igual que las mañanas que te levantas jovial, subes la persiana, y al ver la calle mojada apenas encuentras fuerzas para balbucear un «llovió», y aplazar todos tus planes. Solo sabes que todo sucedió delante de tus narices, y que no lo viste llegar.

El desorden busca en sigilo las horas del hastío. Te vigila, y cuando bajas la guardia, ataca. Equivale a una lluvia para el interior de las casas. Bastan unos ratos de apatía, o que pienses que tienes cosas más importantes que hacer que devolver las cosas en su sitio, para que tu mesa se llene de objetos. Se posan y dicen «me quedo, yo soy de aquí». En cierto sentido, es un motín. La revuelta la lidera a veces un libro que tomaste de la estantería a la búsqueda de un subrayado que le hiciste hace años a una página. Ese libro llama a otro, pariente lejano, y en el que persigues una pasaje que case con el anterior, y ese libro reclama un lápiz, y un lápiz lleva a un marcapáginas, y este a un café recién hecho, y el café a unas migas de galleta, y esta a una idea, y la idea exige un post-it, rápido, así sucesivamente hasta que se declara la guerra ante tus narices (artículo completo en El Progreso).