¿Y qué pasa si mueres?

Acababa de morir, hacía cuatro días, alguien muy importante. La noticia produjo una notable conmoción, casi terror. Se trataba de un destacado editor, admirado por todos; también por quienes aún no sabían que lo admiraban. Sus libros, algunos de ellos legendarios, pasarán años en nuestras estanterías, y entre nuestras manos, agitándonos, hasta que también nosotros muramos. Hay profesiones y talentos que proporcionan cierta inmortalidad. Cuando tampoco nosotros estemos, él continuará ahí, aunque no todos se den cuenta. Quizás al leer los libros que editó se oigan unos misteriosos pasos, o un crujido entre frases, a la manera de los suelos de madera por las noches, que suenan cuando nadie los pisa.

Amigos y escritores, aunque también lectores, se quedaron afligidos, desamparados, desvalidos al conocer su muerte, que los sumió en una perplejidad violenta, durante la cual uno puede sentirse extranjero en su propio cuerpo. Había fallecido en mitad de eso a lo que Joan Didion se refería como un “instante normal”, durante el que se hace imposible pensar en la muerte, que irrumpe de repente, a veces incluso mientras atraviesas el mejor momento de tu vida, o al menos del día, y si te preguntasen dirías “¡Qué bien me siento!” (artículo completo en El Progreso).

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La muerte es humor, y viceversa

Hace años que estudio cómo funciona el humor, por si existiese alguna fórmula, un patrón, algo. Ningún resultado. Nada más enigmático que el mecanismo que lo desencadena. Tal vez porque no hay mecanismo. Propiamente, el humor carece de funcionamiento, actúa sin pautas, gracias, en parte, a que no dispone de botones. El humor sucede. Es algo que no está contemplado, y pasa. Se presenta de imprevisto. Hay algo en ese modo de actuar, o de no actuar, que lo vincula con las calamidades, que llegan en mitad de un momento dulce e insospechado. Tampoco existe humor si su comparecencia no es accidental, inopinada. Nadie espera por el humor. Por eso aparece. Humor es desconcierto. Cuanto más inopinado, más repercusiones libera. Esa explosión que provoca desparrama a las víctimas aleatoriamente. Humor es putada. Porque el humor precisa lesionados. Es una desgracia, en efecto, pero es que si fuese así, si no dejase heridas, no sería humor.

Entre los múltiples factores que lo influyen, se encuentra el drama. No está bien decirlo, pero en las desgracias veo –indistintamente las propias y las ajenas– un campo fértil para el humor. El escenario ejemplar. Me pasa como a Milan Kundera. En una entrevista de 1982, le confesó a Philip Roth que aprendió la importancia del humor durante la época del terror estalinista. La suya no es una opinión aislada. Décadas atrás, Mark Twain sostenía que el humor proviene de la amargura. «En el Paraíso no hay humorismo». Poco a poco nos aproximamos a donde yo quería: la muerte. Este estado, aparentemente desolador y vano, acaso improductivo, es, en cambio, un abono idóneo para el humor. Pensemos que si la muerte se instituye como la desgracia perfecta, en la misma medida se reivindica como humorística. Repare en los entierros. ¿Hay algo más triste pero a la vez más cómico? No. Ayer estuve en uno y tuve que salir de la iglesia a consecuencia de un atroz ataque de risa. He ahí el cadáver, por ejemplo. Todo gran momento está vinculado, antes o después, a un entierro. En cambio, ¿qué podemos esperar de una fiesta? Con toda probabilidad, que culmine en un desastre. En 1975, a los 99 años de edad, moría Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor argentino. Durante el velatorio, una mujer se acercó al hijo de la difunta, y le comentó: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poco más…» Borges, que sabía perfectamente que humor es muerte, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal». Quiero decir con esto que, pese a tanta puta mierda como nos rodea, no hay razones para ser pesimistas.

Foto: Jorge Luis Borges y Leonor Acevedo de Borges.