El editor que no tenía ni idea

(Nota: Este artículo es el primero de una serie sobre memorias de editores)

Eso que queda después de pasarse la vida editando libros a veces son unos recuerdos escritos en forma de memorias. En algunos casos son breves y poderosas, como las de Jason Epstein (1928, Cambridge, Estados Unidos), quien fue durante muchos años director editorial de Random House. Entró en la industria del libro en 1950, a través de la editorial Doubleday, sin tener la menor idea, y vivió en primera fila los grandes cambios del siglo. En 1958, cuando se incorporó a Random House, esta tenía «una guía de teléfonos interna que incluía al centenar aproximado de empleados, y que no ocupaba más que una hoja del tamaño de una tarjeta postal». En 1999, cuando se retiró, la guía telefónica del grupo medía «veintiún centímetros por veintiocho, tenía ciento dieciséis páginas y contenía los nombres de más de cuatro mil quinientos empleados, casi todos ellos, presumo, desconocidos entre sí». En ese tiempo vio de todo. De hecho, en los ochenta, «cuando mis hijos y sus amigos entraron en la mayoría de edad, les aconsejé que se apartaran de la industria editorial, que a la sazón yo consideraba en un estado de decrepitud terminal». Veinte años después «daría el consejo opuesto a jóvenes que aprecian mucho los libros», relata en La industria del libro (Anagrama).

Epstein empezó en una Doubleday dirigida por personas «nada obsesionadas por los libros», profesionales de la venta directa por correo que «habrían sido igualmente felices vendiendo capullos de rosas o naranjas», a cambio de hacerlo por correo. De hecho, sus editores tenían despachos modernos de formas libres y colores vivos, y una «escasez sorprendente de libros en las estanterías». Para él fue, sin embargo, una buena escuela, y las técnicas y campañas de venta por correo le resultaron muy útiles cuando él y algunos amigos lanzaron en 1963 The New York Review of Books, o en los ochenta creó la Library of América, colección dedicada a los mejores clásicos norteamericanos (artículo completo en Jot Down).

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La traductora inagotable

Esta semana me pasó algo ya habitual. Acabé de leer Mesías, de Gore Vidal, y al volver a las primeras páginas advertí que la novela estaba traducida por Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920-París, 2014). Este descubrimiento es un instante que se repite cada cierto tiempo a lo largo de mi vida como lector. Hace dos semanas, en la casa de un amigo, reparé en un viejo libro de relatos de autores estadounidenses, y al hojearlo y ver que incluía «Una rosa para Emily», de William Faulkner, advertí que también estaba traducido por Bernárdez. Es lo mismo que me sucedió el año pasado al leer Levantad, carpinteros, la vida del tejado, de Salinger, y aún antes el día que leí Bouvard y Pecuchet, de Flaubert. AuroraHubo más hallazgos así, como Pálido fuego, de Nabokov, o Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino. Es casi seguro que, en el futuro, volveré a encontrarme por sorpresa con esta traductora inagotable.

«Traduje tantos libros», explicó Bernárdez al cineasta Philippe Fénelon en una entrevista de tres días, en 2005, «que ya ni me acuerdo. Muchas veces me dicen: ‘¡Pero esa es una traducción tuya!’, y tengo que hacer un esfuerzo para recordarlo». Tenía 25 años cuando empezó a trabajar para la editorial Losada, donde conoció a Francisco Porrúa. «Los directores literarios me hicieron traducir un párrafo de prosa y un diálogo, para ver si estaba en condiciones», contaba. Su primera traducción, del francés, fueron algunas partes de la inmensa Los Thibault, de Roger Martin du Gard. Toavía no conocía a Julio Cortázar. El día de 1948 que se vieron por primera vez, en la confitería Richmond de la calle Florida, en Buenos Aires, el autor de Rayuela «me propuso ser su socia en la agencia Havas de traducciones técnicas y documentos». Pero lo rechazó. «La idea de traducir contratos y patentes me era realmente ajena» (artículo completo en El Progreso).

El telescopio de Nabokov

Vladimir Nabokov (1899-1977) fue bilingüe en ruso e inglés desde la primera infancia, y los cinco años aprendió francés. De adolescente, las notas que tomaba sobre las mariposas que coleccionaba eran en inglés, con diversos términos sacados de The Entomologist, revista que en 1920 publicó su primer trabajo sobre mariposas de Crimea, contó en una entrevista de 1962, recuperada ahora en Opiniones contundentes por la editorial Anagrama. Ese mismo año colaboró con un poema también en inglés en The Trinity Magazine. Poco después escribió sus obras en ruso: poemas, cuentos y ocho novelas, algunas de las cuales traduciría él mismo. Fue Nabokov 2en 1939 cuando vio la luz su primera novela directamente en inglés, La verdadera vida de Sebastian Knight. Al año siguiente abandonó Europa y se instaló en Estados Unidos. Sus obras maestras estaban a punto de llegar. A menudo Nabokov admitía que su «tragedia personal» era que tuvo que abandonar su lengua natural, «mi rica, infinitamente rica y dócil lengua rusa, por una calidad de inglés de segundo orden».

En cuanto al mero número de palabras consideraba el inglés «mucha más rico que el ruso», en especial en lo tocante a sustantivos y adjetivos. Le fastidiaba la escasez, vaguedad y torpeza de los términos técnicos de la lengua materna. «Por ejemplo, la simple frase ‘aparcar un coche’ resulta, si se traduce del ruso, ‘dejar un coche detenido durante largo rato’». Sin embargo, hay palabras que expresa ciertos matices de movimiento y gesto y emoción «en los cuales el ruso lleva ventaja». Consideraba el inglés, desde el punto de vista sintáctico, un instrumento extremadamente flexible, pero al ruso se le pueden dar más vueltas y tirones (artículo completo en El Progreso).

Un detalle de mierda

Era la primera semana de agosto y yo no tenía donde caerme muerto, así que me fui al Reina Sofía, como otras veces. Me acomodé de pie ante el Guernica, vagamente interesado en el cuadro. Me gustaba tenerlo como banda sonora, acunando mis pensamientos mientras atendía al entorno. En este cuadro es muy importante precisamente el entorno, la atmósfera de que se rodea, los murmullos, las moscas, si las hay. Ese día, a última hora de la tarde, sucedió algo poco habitual, y durante unos minutos nos quedamos a solas con la pintura cuatro visitantes. Fue un instante mágico, de una soledad confortable y fresca. Más información