Jueves por la noche

Fui a la universidad porque quería conocer de cerca el jueves por la noche. Y por nada más. Entonces todavía se ingresaba en una facultad por motivos así. Me matriculé en filosofía, para disimular. En el instituto había estado interesándome vagamente por Nietzsche y el nihilismo, así que la carrera me sirvió de coartada. Nadie sospechó nada en casa. Tampoco en el Gobierno, que me concedió una beca de trescientas mil pesetas, para mi sorpresa. Eso favoreció notablemente la aproximación a mi objeto de estudio. Bebí cosas que nunca había bebido. Enseguida descubrí que los jueves por la noche no tenían una fecha fija. Más información

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Yo salí con una traficante

El pasado no pasó, pero pasará, seguramente. A menudo viene del futuro, y eso lleva su tiempo. Hace 28 años, por el día de mi comunión, mi tío Agustín me regaló un tigre de bronce, de un metro de largo. Había escuchado, supongo, que me gustaban los animales. Naturalmente, guardamos aquel armatoste en un armario, horrorizados. No fue suficiente. Allí dentro, envuelto en una toalla, el animal seguía produciéndome terror. Lo trasladamos a la habitación de invitados. Al poco, lo subimos al trastero. Más tarde, lo bajamos al garaje. Cuando nos pareció, lo movimos al cobertizo de la leña, con la esperanza de que lo robase algún vecino. Entretanto, hice la confirmación, aprendí a fumar, aprobé el bachillerato, me enamoré de Gabriela Sabatini, me matriculé en Filosofía. Por hacer algo.  Más información