Diarios de un papa

Miércoles

Todo el día con los pies fríos. Me pongo doble calcetín. Largos paseos meditabundos. Me fumaría un buen cigarro. Uno de aquellos lucky strike sin filtro. Lo acariciaría lentamente, como si para fumarlo hubiese antes que domesticar su coraza. Tal vez dejaría que fuesen las dos de la madrugada, y saldría al balcón de San Pedro. A veces en la vida sólo necesitas silencio, oscuridad, frío y un buen cigarro. Thomas Marshall, el vicepresidente con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso curia.jpglarguísimo, soporífero, sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos».

¿Y si lo vendo todo y me voy?

Escucho Transformer de Lou Reed en el viejo tocadiscos de Juan Pablo II. Hurgando en la discoteca de Wojtyla encuentras errores tan lamentables como Rafaella Carrá. No es lo peor, con todo. Hay discos de Demis Russo. Abba. Nana Mouskouri. Toto Cotugno. Rafaella Carrá al menos tiene buenas piernas.

Por la noche, película de kunf fu.

Viernes

Leo a Juan Carlos Onetti, para recordar qué clase de hombres criminales somos por dentro. No albergo esperanzas durante algunas horas. Cuando se me pasa el efecto de Onetti, vuelvo a creer en dios.

Mala digestión. Esos espaguetis a la amatriciana me persiguen toda la tarde. Me siento al borde de la muerte, como si leyese a Cioran (diarios completos en Jot Down).

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La mejor idea que existe

Cualquiera puede tener una idea maravillosa, llamada casi siempre a no sirve para nada, salvo para pensarla varias veces y sacarle brillo con la manga, hasta que se olvida, y con el tiempo se olvida que se olvidó. Es como encontrarse un botón precioso en el suelo. Se trata un botón de color rojo elegantísimo, fino, quizá de un abrigo de Dior, pero ¿qué puedes hacer con un simple y solitario botón rojo? Nada. Lo tiras, o durante un par de días lo llevas en un bolsillo, por si encuentras tres o cuatro botones exactamente iguales. Como eso no ocurre, al llegar a casa por la noche, y cambiarse de ropa, y vaciar los bolsillos encima de la cama, te reencuentras Stevecon él y lo guardas en el último cajón de la mesilla, junto a otro sin fin objetos inútiles. A medida que la idea maravillosa se enfría –esto es muy común– resulta menos maravillosa de lo que creíamos al principio. Y quizá tampoco sea una idea realmente, sino una agudeza o un juego de palabras. No sabría contar las veces que se me ha ocurrido una de esas frases que tachas modestamente de maravillosas, y que después no sabes dónde poner, y tienes que olvidar para mejor ocasión, o simplemente colocar mal en una novela o una columna. Ni hablo ya de los días que escribes, esta vez sí, una frase genial, y al rato descubres que ya la dijo Scott Fitzgerald, Clarice Lispector o Ángel González.

No menos habitual que descartar una idea o una frase maravillosa, porque no es tuya, o porque es malísima, es desechar un gran sueño. Algunas mañanas te despiertas excitado, con el corazón al galope, por algo que acabas de vivir como si fuese real. Aquí hay una novela magnífica, te dices, y cuando te has incorporado de la cama, y puesto las zapatillas de andar por casa, ya no recuerdas nada. Te pasa lo que a Onetti una tarde que se despertó de una siesta. Ese día estaba en casa Horacio Varela, y lo llamó. «¿Me oíste hablar en sueños?». Horacio negó con la cabeza. «Qué lástima. Era un cuento perfecto. Se me ha escapado para siempre», lamentó el escritor uruguayo (artículo completo en El Progreso).

Cuchillos Onetti

Un abogado vasco que conocí cuando empleaba las horas buscando noticias en los juzgados, me contó que hace diez años viajó por trabajo a Montevideo. Debía encontrarse con el socio de un cliente, un empresario de Irún, para revisar el borrador de un contrato. Se subió a un taxi para acudir a la reunión, en la otra punta de la ciudad. En el trayecto, al paso por una calle desangelada, con negocios angostos y decadentes, le llamó la atención un letrero que decía «Cuchillos Onetti». Sobresalía de la fachada de un edificio de dos plantas. Las letras eran rojas y el fondo blanco, pero el tiempo le había ido quitando a ambos colores la seguridad en sí mismos. Ahora palidecían. «Pare, pare», le pidió emocionado al conductor. Circulaban a poca velocidad y se detuvieron apenas unos metros más adelante. «¿Hay algún problema, señor?», preguntó el taxista, mirándolo por el espejo interior. El abogado se volvió hacia la tienda, que estaba cerrada. Quizá sólo lo estuviese porque eran las nueve de laOnetti mañana, pensó. Una reja negra, no demasiado negra, protegía la entrada. «Nada, nada, puede continuar», señaló el abogado, que en una libreta pequeña que llevaba siempre consigo anotó el nombre de la calle.

No pudo quitarse «Cuchillos Onetti» de la cabeza en toda la mañana. ¿Tendría algo que ver con el escritor? Pensó en el letrero durante la reunión con el socio de su cliente, en el descanso, y también en la reanudación. Por supuesto, siguió pensando en el almuerzo. A media tarde, al finalizar el trabajo, se subió a otro taxi y le mostró la dirección de la cuchillería. «¿Sabe dónde está? Pues lléveme ahí». Para su felicidad, esta vez encontró la tienda abierta. Le pagó al taxista, que desapareció enseguida, y él se quedó clavado ante la puerta, saboreando el instante, sin entrar. «Yo ya me imaginaba a la señora mayor que había detrás del mostrador contándome que era sobrina de Juan Carlos Onetti, y que lo había tratado mucho antes de que se marchase a España y bla bla bla», me confesó el abogado, que es una de esas personas que a la menor oportunidad se ponen del lado del entusiasmo (artículo completo en El Progreso).

El arte de titular

Empezar por el principio algunos días equivale a una superstición; pura manía. Sólo es un método para imponer orden en nuestra cabeza. Pero bien se puede vivir sin orden, o al menos sin el orden habitual. En un evento literario celebrado en Girona hace dos años coincidí con una escritora catalana, y creo que nunca conocí a nadie que empezase por el principio sus obras con tanta obstinación. En eso, me pareció primorosa. Después de presentarnos, y ponernos de acuerdo en ir a tomar algo, nos interesamos por nuestros respectivos proyectos. A mí me dio vergüenza comentarle los míos, bastante peregrinos. Además, solo tenía uno y, como digo, veleidoso, sin interés. Preferí escuchar lo que tenía que decir ella, que acababa de empezar una nueva novela hacía dos meses, tras una largamáquina temporada en blanco. Creía en los desiertos, y en el sueño de cruzarlos a pie, sin prisas. Su vida se dividía, me explicó, «en los años que escribía y en los años que buscaba qué escribir».

Sentí curiosidad e intenté averiguar algo más de su libro. «Por ahora estoy trabajando en el título. Ya voy por la mitad», precisó con la satisfacción de quien hace progresos a cada minuto. Me desconcertó aquella minuciosidad, sin embargo. ¿Dos meses escribiendo un título? Automáticamente pasé a sentir admiración. Yo siempre había titulado mis novelas sin querer, por suerte o por accidente, en una maniobra desesperada; desde luego nunca al principio. Tenía la teoría de que el titular venía a ti, y lo hacía cuando quería, a veces al final. Recuerdo que Onetti quiso que su tercera novela se titulase El perro tendrá su día, pero por aquellos días Perón acababa de llegar al poder y el editor temió que el nuevo dirigente pudiese tomarlo como un ataque contra él. Copiando la cabecera de la página de espectáculos del diario Crítica que tenía delante, Onetti le puso a la novela Para esta noche, y zanjó el asunto. (artículo completo en El Progreso).

El mejor escritor del mundo

Nada se parece al miedo de un escritor a no ser el mejor. En la noche de todo autor existe un sueño temido en el que atisba que es flojucho, de segunda división. De pronto, presiente que nadie se acordará de él pasado mañana. Se trata de un miedo evanescente, como de humo de cigarro, que dura unos apáticos segundos, que son como los días rojos a los que se refiere Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. En un día negro se está triste «porque se ha engordado o porque llueve. Pero los días rojos son terribles. De repente, uno tiene miedo y maquinano sabe por qué». Cuando despierta de ese temor borroso, el autor sigue escribiendo, por si acaso al final fuese el mejor escritor del mundo. Es sabido que a veces los sueños no se cumplen.

El escritor de verdad, atrapado en su vocación de infelicidad, sabe que lo más importante es escribir, aunque se autodestruya. Desea seguir escribiendo aun cuando la derrota esté cantada. Tal vez nunca sea el mejor, pero querrá escribir como si ya lo fuese. En su cabeza lo es. No sería escritor en caso contrario. Ferrater Mora afirmaba que un escritor «está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco por debajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretende ser como un autor de cuarta fila…» (artículo completo en Jot Down).

¡Esa derrota es mía!

Cada año que pasa, el catálogo de perdedores del Nobel de Literatura adquiere el expresivo fulgor de una de esas viejas reputaciones que nada puede hacer tambalear, como el día que el capitán Scott pasó a la historia por no haber conquistado el polo Sur. En su caso, la gloria de cualquier héroe pasado o futuro no empañó la épica de su fracaso, que incluso le acarreó la muerte, no sin antes escribir algunas cartas para dejar constancia de lo orgulloso que lo ponía morir en mitad de la fría nada. La disputa por hacerse con la derrota en el último instante y quedarse sin el reconocimiento de la Academia sueca es más encarnizada que nunca. Palpita una belleza crónica en ese afán por perder que a mí me sabe aBeckett novela de Juan Carlos Onetti cuando sus personajes están sentenciados, saben que no hay esperanza y viajan hacia la herrumbre humana como fantasmas. Me gusta chuparlo como si solo fuese un helado de muchos sabores con un secreto dentro.

Pocos escritores insignes renuncian a formar parte del pelotón selecto de los que obtienen las hieles del olvido. En algunos seguramente resuenan las primeras palabras que articuló Samuel Beckett cuando le comunicaron desde Estocolmo que era el nuevo Nobel. Él y su mujer se habían perdido por Túnez, para encontrarse, pero la Academia -y eso es maravilloso- siempre tiene el número del teléfono más próximo. Beckett tomó el auricular, escuchó lo que tenían que anunciarle, y cuando colgó miró a su mujer y dijo: «Ya nos han jodido. ¡Qué catástrofe!».

Existe un tipo de derrota, como en el caso del galardón sueco, que te exime de la esclavitud que presintió Beckett, y que no te priva de la inmortalidad. Ahí están John Cheever, James Joyce, Francis Scott Fitzgerald, Bernard Malamud, Borges, Perec, Rulfo, Onetti, Virginia Woolf. Cada vez que se habla del Nobel se habla de ellos porque no lo recibieron. Después de todo, tal vez llevase razón el duque de Wellington, que tras conducir a los aliados a la victoria en Waterloo, redactó un sombrío informe sobre el hosco significado del triunfo. Al contemplar el campo de batalla sembrado de cadáveres con las tripas esparcidas no pudo menos que comentar que «aparte de una derrota, no hay nada más triste que una victoria» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Samuel Beckett.

Hay otros Hitler

La identidad resulta a veces algo tan sutil, que tal vez ni siquiera exista algo llamado identidad. Te crees que eres alguien, y eres otro. En ocasiones no eres nada, o sólo eres un imbécil, y ni siquiera lo sabes. Yo le tengo mucho respeto al verbo «ser». Y al sustantivo «imbécil». Esta semana me encontré con un compañero del instituto. Hacía veinte años que no nos veíamos. Hablamos quince minutos en la acera, por miedo a entrar a un bar y empaparnos a las once de la mañana, igual que en el instituto. Durante ese borroso cuarto de hora le estuve llamando Luis continuamente. «Cómo te va, Luis», «Luis, no has cambiado nada», «No me jodas, Luis». Cuando llegué a casa, arrepentido de no haber bebido algo, aunque solo fuese un par de vodkas, reparé en que el tipo, en realidad, se llamaba Sergio. Sergio Souto Moreno. Si raro me pareció lo mío –propio, a fin de cuentas, de un imbécil–, no menos extraño fue que el propio Sergio no me sacase del error. Quizá pensase que sólo se trataba de un mísero nombre. Todos tenemos uno, o dos, o diez. Francisco Casavella admitió en su día que si quería ser escritor, y darse a conocer, dashiell hammettno podía seguir llamándose Francisco García Hortelano. No bastaba con escribir bien. Además, había que llamarse de otra manera. García Hortelano, después de todo, ya había uno, bebía más que él, y era autor de El gran momento de Mary Tribune, nada menos. Aceptada esta circunstancia, pasó a llamarse Francisco Casavella y escribió El día del Watusi.

¿Y si a Sergio le gustaba más Luis, porque estaba hasta las narices de ser Sergio, y hacer cosas de Sergios? Barajé esa teoría. Existen personas que un día, de repente, cambian de vida, se van a otra ciudad en autobús, abandonan a sus padres, a su pareja, desaparecen con lo puesto, y cuando llegan a su destino, compran un teléfono nuevo y se cambian el nombre. No conozco a nadie así, que se vaya sin llenar una maleta con una muda limpia, y para siempre. Pero conozco a Flitcraft, un ejecutivo feliz en buena posición que aparece en El halcón maltés, de Hammett. Parece un individuo feliz. Tiene mujer y dos hijos. Un día desaparece sin dejar rastro. Ni una nota en la nevera que diga «Me voy para siempre. Queda una colada de ropa de color en la lavadora. Que os jodan». Nada. Se marcha a otra ciudad y empieza de cero. Naturalmente, se cambia de nombre, como Sergio. Ya no es Flitcraft, sino Pierce. Con el tiempo, se casa y tiene dos hijos y vuelve a ser un ejecutivo en buena posición, y feliz (artículo completo en El Progreso).

Foto: Dashiell Hammett.

Basura bonita

No hay que renunciar a la basura así como así. Ni pensar que simplemente es basura. ¿O acaso el fútbol es solo fútbol? En ciertas condiciones, la basura no tiene nada que ver con ella. Sólo se conoce de vista. De hecho, no es raro tomar por basura cosas que no lo son. Héctor Abad Faciolince obtuvo el I Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora con una novela titulada justamente Basura. Bernardo Davanzati, el protagonista, es un novelista que escribe por escribir, sin destinatario, y cuando le parece que sus textos ya son lo suficientemente malos, como si para serlo tuviesen que alcanzar cierta calidad, los tira al contenedor. No imagina que el vecino de abajo recoge una a una las hojas, hasta reconstruir la vida del escritor. Quiero decir, con esto, que a veces tomamos por basura lo que no es. Y viceversa.

Tal vez carecemos de un criterio incontestable para separarla. Hemingway afirmaba que en su profesión nada era tan útil como un detector de basura. «El don más esencial para un buen escritor –sostenía– es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido». En algunas circunstancias la basura es tan sofisticada, que engaña al radar. Ahí están las discusiones infinitas que alimenta desde hace siglos el célebre verso de las Soledades, de Góngora:Luis Cernuda «En campos de zafiro pace estrellas». ¿Se trata de un gran verso o es basura? A Cernuda le parecía una de las metáforas más pasmosas de la lengua castellana, y a Borges una «mera grosería».

En silencio, todos rendimos honores a la basura. Qué casa no está llena de camisas que nadie pone, por vergüenza, de zapatos viejos, de souvenirs ridículos, de trajes de boda, de mecheros que no encienden, de cuadros pintados con los ojos cerrados, de cucharas que no dan vueltas al azúcar, de fotos que nadie mira guardadas en un álbum que nadie sabe dónde está. Los rincones desde los que se defiende la basura de nuestra vida diaria son inaccesibles, como las cumbres de algunas montañas cubiertas de hielo y cadáveres que quisieron acercarse a ellas. Pero, cómo deshacerse de todo este acervo cultural e identitario. Al fin y al cabo, esos desperdicios ridículos y sin sentido forman eso que llamamos «nosotros mismos».

Antes o después, todos hurgamos en la basura. Onetti escribía sobre montículos de basura y sin embargo las frases resplandecían. Sus personajes eran tipos inmundos, claramente, pero pasan los años y no puedes sacártelos de la cabeza. No tienes más remedio que volver a la basura de sus novelas y recuperar la vieja belleza, nunca olvidada. Pero dejémonos de metáforas, qué demonios. Hace algunos años recibí un cheque por una colaboración en una revista. Hablamos de 300 euros. El cheque llegó por correo y lo dejé sobre la mesa, después de mirarlo durante horas. Me imaginé comprando un traje barato, y poniéndolo cada noche, mientras me encerraba a escribir una novela. Enseguida lo descarté. Esa tarde me fui a trabajar con la sensación de ser un hombre rico. En el trabajo, aburrido, reconsideré lo del traje y volví a descartarlo. Cuando regresé por la noche a casa, y descubrí escalofriado que el cheque no estaba, noté en la boca el sabor de la desesperación que embarga al hombre rico que lo pierde todo en un crack bursátil. Busqué por todas partes. Cuando pierdes trescientos euros buscas en los rincones más estúpidos, como en el neceser o en las cajas de zapatos o entre las obras completas de Moliere, pues justo recuerdas que en su época de diplomático, era el libro en el que Jorge Edwards guardaba el dinero en la embajada chilena.

Al borde de la locura, escuché a mi madre entrar en casa. «¿Y el cheque?», pregunté, casi zarandeándola. «¿Qué cheque?». «Cuál va a ser. El que estaba aquí». «Ahí no había ningún cheque». Esa era la clase de frase que usa una madre para enjuagar su culpabilidad. Salí disparado hacia el cubo de la basura, convencido de que ahí encontraría el cheque. «Acabo de tirar la bolsa al contenedor», enfatizó la señora, que de pronto ya no me parecía mi madre. No esperé al ascensor y me lancé por las escaleras. Cuando llegué a la calle advertí que estaba en zapatillas y en pijama. A la mierda, me dije. Era de noche y no había un alma en la calle, así que abrí el contenedor sin remilgos. Me metí dentro y no paré hasta encontrar nuestra bolsa. Empezaba a llover, pero no me importó. Si aparecía el cheque me compraría un traje. Y apareció. Pero cuando cerré el contenedor y me recompuse, pasó a mi lado el subdelegado del Gobierno, del que me mofaba en el periódico a menudo. Me miró con felicidad, mordiendo la sonrisa. Se notaba que mañana toda la ciudad sabría que yo no tenía ni para comer.

Artículo publicado en El Progreso.

Foto Luis Cernuda.

Escribir en Nueva York

Soy un defensor a ultranza de los gestos absurdos. Son ese tipo de lujos para ricos que nos damos la gente pobre. Proporcionan carácter y, en el fondo, traslucen una inteligencia agreste, como una viñeta de El Roto, que con apenas una frase estrambótica te baja los pantalones. Cuando me cruzo con un gesto de esa naturaleza salgo a contarlo enseguida, sin dilación, casi con violencia. A veces coincide que estoy en calzoncillos y bajo tal cual a la calle. Tengo ya esa edad en la que sé que hacer el ridículo es otra cosa, y en todo caso, no es grave. Se trata de una desesperación que podrías evitar, pero para qué exponerte al riesgo de olvidarlo. Philip LarkinNo sé ni cuantas veces se me han ocurrido, mientras me ducho, frases perfectas, y por no arriesgarme a una caída al salir a la carrera de la bañera para apuntarla, sin secarme, se me olvidan.

Las cosas importantes, aunque sean muy absurdas, no son absurdas en absoluto. Ni siquiera son importantes. De ahí su trascendencia. Conviene anotarlas sin perdida de tiempo, igual que la fecha de tu boda. En una ocasión Juan Carlos Onetti se despertó de la siesta y le preguntó a su amigo Horacio Varela, que estaba con él, si lo había oído hablar en sueños. Era habitual que el escritor balbucease sus historia en alto, mientras dormía. «No, don Juan, no le he oído decir nada», respondió Horacio. «Qué lástima. Era un cuento perfecto. Se me ha escapado para siempre», dijo Onetti apenado, y siguió en la cama varios años más.

Hace una semana, de visita en Madrid, fui a ver un partido de España a casa de unos amigos que no conocía. Cuando entré en su vivienda y los vi, después de una vida sin saber nada de ellos, me parecieron excombatientes de la primera Guerra del Golfo de vacaciones en una isla del Pacífico, con todas las comodidades a su disposición. Todos llevaban la locura y la felicidad en los ojos, e inmediatamente pregunté dónde había que alistarse. Fue una noche gloriosa. Cuando me di cuenta, España ya perdía 1-5, pero no tenía demasiada importancia. Bastante preocupaciones tenía yo con escribir la biografía de León, uno de los exmarines, en el teléfono móvil. Me dio tiempo a registrar cuatro frases, suficientes para recordar que hace un par de años León escribió su primera novela, titulada Perfectopía. 

En lugar de sentarse y empezar en caliente, prefirió demorarse en gestos absurdos y fríos, como si las prisas fuesen malas. Primero alquiló un despacho a las afueras, pues vivía en el centro de Bonn, y eso perjudicaba la objetividad del relato, y quizá también la música de la novela. Después, para acudir cada día al despacho y escribir, se vio obligado a comprar un coche último modelo. Eligió un Mini.

No había escrito la primera frase y ya se había gastado veinte mil euros crudos. ¿No es un gestazo? A veces la literatura exige cierta comodidad. Hay novelas que se escriben en despachos profesionales, bien iluminadas, con aire acondicionado, y un cuidado mueble-bar, en el que poner a refrescar el champagne, y novelas, como ocurre con Mientras agonizo, de William Faulkner, que se escriben –suponiendo que sea verdad– dándole la vuelta a una carretilla para apoyar los folios, y quitándose la camiseta.

Es muy fácil decir, como afirmaba Faulkner, que todo lo que se precisaba en su oficio eran papel, tabaco, comida y un poco de whisky barato. Discrepo. Yo estoy con León. Cada vez más, para escribir a gusto, empiezo a necesitar un buen apartamento, a poder ser en Nueva York, con vistas a Central Park, y bebidas más o menos sofisticadas servidas por mi propio camarero, trasladado desde Europa. No me vale aquello de Stephen King, que en sus primeros años, en un día normal de trabajo, no redactaba un verbo sin acudir antes a la cerveza. Un periodista, para quedar bien, le quitó hierro a eso de beber un botellín, y King, para devolver las cosas a su sitio, precisó: «Es que me tomaba una caja diaria, 24 o 25 latas…».

En esencia, la literatura son gestos. Dos días después del partido de España volví a quedar con los combatientes del Golfo para repetir la felicidad. De pronto, en mitad de la comida, alguien citó a Fernando Pessoa, y Miguelito, como surgido del frío –no en vano estábamos a 30 grados–, prorrumpió en un gesto absurdo contra los poetas que escribían en verso libres. «¡Pero qué pollas ha hecho Pessoa en la vida! ¿Cambio de renglón sin rimar y soy poeta?», preguntó con un cinismo afilado contra una piedra lentamente. Fue inevitable no ver en Miguelito una sombra de Philip Larkin aquel día que dijo que «la idea de expresar sentimientos en líneas cortas con sonidos similares al final me parece tan ridícula como la de que haya mangos en la luna».

Artículo publicado en El Progreso.

Foto: Philip Larkin.

Chef contra camarero

El intelectual se fue, o lo echaron, y entonces llegaron los chefs que, groseramente, ocuparon su sitio. No sé qué pensaban que era ser un intelectual. Enseguida se apropiaron de su solemnidad, y empezaron a cocinar filosofía haciéndonos creer que sus platos eran, en cierto sentido, para leer. Te servían una aventura mágica, como en Cien años de soledad, pero liberándote de una lectura que ocuparía largas horas de tu vida, con tediosas notas a pie de página. El chef metido a cocinar una novela es alguien que –valiente cosa– te promete rayos de sol y gloria. Ja. Nada menos. Y después de esa alegría soleada, pregunto, ¿qué? Cualquiera que haya rozado aunque sea con los dedos la felicidad sabe que al poco, cuando se aleja, se produce una gran desolación. Se llama amargura. ¿Dónde está en ese momento el cocinero? SaloonLejos, planchando tu dinero como si fuesen pantalones vaqueros, y tal vez pensando en cómo convertir En busca del tiempo perdido en un postre sutil, ingrávido y gentil como una pompa de jabón.

Entretanto, arrojado a la melancolía, tú sólo tienes un camino por el que huir, así que empiezas a caminar a pasos cortos hacia al bar, donde te espera tu camarero. El camarero, frente al chef, es esa clase de persona que rara vez se toma el día libre, por si apareces de repente, sin nadie más a quien acudir. Personalmente, no tengo dudas de la superioridad del camarero sobre el chef. El camarero no te promete nada, pero recoge tus restos lentamente y los recompone, sin efectos especiales. Te deja en tu sitio, como el que eras, mientras te dice la verdad, desnuda y decrépita, a semejanza de una novela de Onetti. La belleza, al fin y al cabo, siempre es algo cruel y gozosa.

El chef cocina ideas, hila historias con sus platos, y con ese currículo se postula a intelectual, como si serlo fuese algo bueno. Todavía recuerdo a Jorge Ibargüengoitia haciendo pis contra los intelectuales. En uno de sus viajes por Sudamérica, un periodista local le preguntó si se consideraba a sí mismo uno de esos intelectuales tan sugerentes que cada poco daba al mundo México. Ibargüengoitia dio un trago, sonrió seguramente hacia dentro, y respondió que «no conozco a nadie, que no sea completamente imbécil, que a la pregunta de ‘¿Usted qué es?’, conteste ‘intelectual’». Dicho eso, no se consideraba un intelectual, y aconsejaba distinguir esa palabra de la palabra ‘inteligente’ (artículo completo en El Progreso).

Kennedy contra Faulkner

Nunca hay que acudir a un sitio a la primera llamada. Ni siquiera cuando te llama tu madre. Denota exceso de buenos modales. Exacerbados, los buenos modales son una ordinariez. Te empujan a incurrir en aciertos imperdonables. Yo siempre desconfío de la gente con una feroz disposición para acudir enseguida a las llamadas y acometer empresas. Todo tipo de empresas. Aunque solo sea desenroscar la cafetera italiana o invadir una nación extranjera. Los asuntos impostergables sólo deberían acometerse tras una larga y superficial reflexión, que provoque un retraso moderado, para evidenciar que, como tú te temías, no eran tan impostergables. Me gusta remitirme a Albert Cossery. Amaba la literatura, no existía nada más sagrado en su vida, pero apenas escribía, para demostrar que había cosas más sagradas. Cada mañana, en su habitación del hotel La Louisiane (París), se levantaba a la misma hora, se tomaba dos horas para prepararse, y se sentaba a la mesa en traje, corbata y pañuelo, como quien vela un cadáver. kennedyCuando al fin todo parecía en su sitio, incluyendo el silencio y los pasos del pasillo, escribía brevemente. Nunca redactaba más de dos frases a la semana. Creía que en literatura había que saber escapar a la llamada de las oraciones que brotan solas.

A veces es importante no escuchar bien. Te ahorras disgustos, como cuando tu madre te grita «Juan, ven un segundo». Intrigado, porque pueda tratarse de un asunto vital, vas. Enseguida descubres, sin embargo, que se trata solo de que bajes la basura, y compres pan, y, de paso, le lleves este vestido descosido a la abuela. Todo por acudir a una llamada. Durante la presidencia de John Kennedy, éste invitó a William Faulkner a una cena privada en la Casa Blanca. En esos años, los presidentes de los Estados Unidos ya se creían figuras más relevantes que los escritores, incluso que los gansters. Faulkner rechazó la llamada del presidente, como haría si se lo hubiese pedido su madre. Nunca viajaba hasta tan lejos para cenar con un extraño. A vuelta de correo, contestó cortésmente al presidente que «yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi». En el fondo, fue como haber acudido a Washington y levantarse en mitad de la cena, alegando que la sopa estaba asquerosa, y regresar a casa dando un paseo (artículo completo en El Progreso).

Gente de pocas palabras

Hablar no es malo, pero hablar poco es mejor. Se acaba antes. En general, hablar debería ser una operación breve más a menudo. No hay tanto que decir, a fin de cuentas. Todo debiera ser relativamente breve, casi siempre, para pasar al siguiente punto, o irse a casa. Ciertas frases, después del primer verbo, se vuelven muros grasientos, infranqueables. Pronunciarse con brevedad encierra su dificultad, claro. No todo el mundo vale para ser gente de pocas palabras. Digamos que no basta callar, sin más. Más información

Mechero en los bolsillos

No salgo de casa sin estudiar qué llevo en los bolsillos. Esa maniobra sencilla y rápida a veces te salva la vida, como mirar a un lado y a otro antes de cruzar. Cada quien entiende por vida, naturalmente, lo que le parece. Cuando fumaba, me parecía que un hombre sólo necesita un mechero y un paquete de cigarros en el bolsillo para esquivar la tristeza, incluso la muerte. Hasta los 27 años, de hecho, yo no daba un paso si antes no echaba un encendedor al bolsillo. No tenía ideas, ni teorías, ni bicicleta, ni sexo, pero tenía zippo, por si alguna rubia buscaba fuego. «Las cosas importantes, siempre con uno», recomienda mi abuelo Cosme, en referencia al licor café. Por lo que pueda pasar. Más información

No eran simples pantalones remangados

Me levanté con el propósito de no escribir este post. En realidad, no iba a escribir ningún post. Haría como si no hubiese mañana. Estaba asumido, era una determinación firme, pero algo inesperado sucedió, como cuando presentas la dimisión irrevocable, y antes de que acabe el día reconduces los hechos: que dimita Cristo. Lo que sucedió fue que iba por la calle y, de pronto, reparé en la proliferación de pantalones remangados.  Vaqueros, de colores, flojos, ajustados, con el tiro bajo… Inmediatamente pensé: «Hostia, Tallón». Allí pasaba algo. Aquellas perneras enrolladas, en efecto, eran un ejemplo perfecto de que hay modas que se imponen sin dejar de estar pasadas de moda. Se trataba de una sensación extraña que venía experimentando desde hacía algún tiempo, pero que no conseguí definir hasta que me fijé en algo tan trivial como unos pantalones arremangados. Silenciosamente, se impone en el ambiente algo que nos domina con fórmulas viejas, pero que nuestra desorientación impide que lo identifiquemos como un mal del pasado. Tal vez porque sabe esconderse bajo un lenguaje a la medida de los tiempos, hecho a medida. Tal vez porque, simplemente, estamos ciegos. Tal vez porque los que ven, subvencionados, prefieren mirar para otro lado. O tal vez porque nada. En la vida, a menudo, las cosas pasan porque no pasa nada. En ocasiones, para ver, uno necesita no ver. Yo no veía nada, y por delante de mí pasaron los pantalones remangados. En cierta medida, esto recuerda a cuando Onetti iba a titular su tercera novela El perro tendrá su día. Circunstancialmente, en aquellos días Perón acababa de llegar al poder en Argentina y el editor temió que el nuevo dirigente pudiese tomar el título como un ataque contra él. Entonces, copiando la cabecera de la página de espectáculos del diario «Crítica», Onetti le puso a la novela Para esta noche. En aquel instante, el escritor no veía nada, pero por delante de él pasaron las hojas de un periódico…

Foto: Grease, de Randal Kleiser (1978).