Coche fúnebre

El miércoles coincidí en la ITV con un coche fúnebre. Era un Peugeot negro, con poco encanto, y bastante sucio. Mientras esperábamos turno, en el aparcamiento, pregunté al conductor si no se aburría de ir siempre tan despacio, camino del cementerio. “A la vuelta procuro darle más caña”, me confesó. Comenté que en el Rallye de Regularidad Lambrea, en abril, participó un piloto con un coche fúnebre del 78. “Ya lo sé”, me dijo, secamente. No tuvimos tiempo para intercambiar más impresiones, ya que le ordenaron pasar al taller.

En el instituto, fui un par de veces a clase en coche fúnebre. Era un Mercedes plateado, brillantísimo, como unos zapatos recién cepillados, y largo, con un acabado delicado, solemne, que recordaba a un Winchester. Cada detalle de aquel vehículo expresaba con cierta elocuencia su destino. La primera vez que me subí a él era un día de mayo. Hacía sol. A las tres y media salí a la calle para dirigirme a clase de Lengua Gallega. De pronto, oí un claxon y al volverme vi cómo se detenía a mi lado el coche fúnebre. Me llamaron por el apellido desde el asiento del pasajero. Era un compañero de clase. “Qué cochazo”, observé, mientras estudiaba con discreción el interior, donde distinguí a su abuela conduciendo (artículo completo en El Progreso).

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¡Quiero el divorcio!

Esta semana me llamó una amiga y me anunció que se había separado. Estaba muy triste, pero por encima de todo, muy feliz. Dos días después salimos a celebrarlo, y le conté la historia del matrimonio de Philip Roth, que acababa de leer, para hacerle ver la suerte que había tenido al divorciarse año y medio después de la boda. Naturalmente, la relación entre Roth y Maggie Williams tuvo un comienzo feliz. Él tenía 25 años y había firmado un contrato para escribir su primera novela, Deudas y dolores, que cosecharía críticas como «es la clase de libro malo que solo podría haber escrito un buen escritor», y «el mejor libro malo del año». Entretanto, regresó del ejército, y con lo que le pagaron y lo que se sacó escribiendo críticas de cine, se compró un traje con estampado príncipe de Gales y un Rothcoche de segunda mano. Y comenzó a cortejar a Maggie. Ella era una joven inteligente que había entrado en la universidad a los 17 años, y había tenido que dejarla un año después, al quedarse embarazada. La primera parte era mentira. Maggie jamás había ido a la universidad, aunque sí estaba divorciada, y tenía dos hijos. Cuando Philip la conoció trabajaba de camarera.

La relación tuvo numerosas rupturas. En una de ellas, después de que él aceptase un empleo de profesor en Chicago, se echó una novia nueva, llamada Susan Glassman. Un día se fue con ella a una lectura de Saul Bellow. Susan se acercó a saludarlo, pues lo admiraba, y para desgracia de Roth, acabó convirtiéndose en la tercera esposa de Bellow.

Philip puso rumbo a Nueva York, para alejarse de Maggie, y después a Europa. Tal vez porque se sentía culpable por dejarla, la ayudó a conseguir un trabajo temporal en la revista Esquire, en Nueva York, mientras él se iba a París. Error. Cuando el contrato con Esquire se extinguió, y se quedó sin trabajo y sin un techo, se presentó en el apartamento de Roth. Él la dejó entrar. Error otra vez. Retomaron la relación, y los problemas. Maggie llegó al punto de empeñar su máquina de escribir. Le aseguró que la habían robado, pero él encontró en uno de sus bolsillo el resguardo de una casa de empeños (artículo completo en El Progreso).