La patria en el cajón

En la vieja casa de un poeta muerto y olvidado, a la que acudimos de visita, mi padre encontró hace años abandonada una cerradura oxidada, inservible. Cabía en la palma de la mano y pasaba de los ciento veinte años. No tenía ya nada que cerrar, si bien conservaba una hermosa llave que la mantenía con vida, pese al tiempo. Al girarla producía un sonido recio, parecido a una voz fumadora, aunque lleno de belleza. Casi te hacía imaginar que saldría un genio del clic, o al menos un antiguo poema, o siquiera una rima. Pero más allá de ese esplendor imaginario, la cerradura era un objeto francamente inútil. Solo daban ganas de dejarla donde estaba un siglo más. “¿Me la puedo quedar?”, preguntó inesperadamente mi padre al dueño de la casa, que hizo un gesto entusiasta con una mano y dijo: “Llévatela, por favor”.

Pasaron los meses y me olvidé de la cerradura. Entonces supe que mi padre había comprado un nogal centenario, cuya madera había llevado a un secadero, para tratar. “Te voy a hacer una mesa de despacho”, me anunció por teléfono, “que tendrá un cajón, que tendrá una pequeña cerradura, que tendrá una llave preciosa, con más un siglo de antigüedad”. No tuvo que decirme nada más. Me acordé del poeta, que ya no sería nunca más un poeta olvidado y simplemente muerto para nosotros. Me sentí atrapado en el desconcierto de cómo hay personas capaces de no detenerse hasta encontrar futuro a cosas que solo acumulan pasado y óxido (artículo completo en El Progreso).

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Carver & Ford

Cada cierto tiempo conocemos a alguien nuevo, y de un modo imprevisto a veces nos hacemos su amigo. La vida sobreviene. Fue así como Raymond Carver y Richard Ford pasaron de ser desconocidos a cultivar una relación estrecha. En noviembre de 1977 ambos viajaron a Dallas para participar en el festival literario de la Southern Methodist University, donde al final de cada jornada los autores leían fragmentos de sus obras. Acudieron también Joan Didion, E.L. Doctorow o Philip Levine, además de poetas como Tess Gallagher, con la que acabaría casándose, Michael Harper o Michael Waters. Maryann Burk, la primera mujer de Carver, cuenta en Así fueron las cosas que su marido acudió entusiasmado, aunque con recelo, pues no había hecho una lectura desde que había dejado de beber unos meses atrás. «¿Sería capaz de hacerlo sin tomar siquiera una copa?»

Carver había leído la primera novela de Richard Ford, Un trozo de mi corazón, y le había gustado mucho. En un artículo publicado en The New Yorker muchos años después, Ford admitía que en aquel momento «no sabía quién era Carver», aunque sí conocía sus primeros relatos, reunidos un año antes en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, y lo habían impresionado, «todos perfectamente acabados, pulidos» y en los que «flotaba una densa sensación de lo nefasto». En 1977 aún no estaba claro si en el futuro el mundo conocería sus nombres. De momento solo eran «los típicos norteamericanos decididos a tratar de ser escritores y productos de un ambiente que incluía la universidad, los talleres de escritura, enviar relatos a publicaciones trimestrales, asistir a cursos de posgrado y tener profesores que eran escritores», sostenía Ford (artículo completo en El Progreso).

El agosto de los Carver

Todo va tan bien que la vida se estropea a veces durante un verano maravilloso. Es lo que le ocurrió a Raymond Carver, protagonista de uno de los veranos más hermosos y horribles que puedan contarse. Su primera esposa, Maryann Burk Carver, publicó hace diez años unas bellísimas páginas, que casi se confundían con la escritura de su marido, sobre agosto de 1972, cuando se creían los seres más afortunados de la tierra, y todo se volvió aterrador. Dos años antes «éramos una joven familia con futuro». CarverEn abril de 1970, él había recibido una subvención del Fondo Nacional para las Artes, y su carrera dado un salto definitivo.

En primavera publicó Insomnio de invierno, su segundo libro de poesía, y en verano escribió «Vecinos» y «Nadie decía nada», dos de sus relatos más célebres. Al año siguiente, aceptó un trabajo de profesor de narrativa en la Universidad de California, en Santa Cruz. Gordon Lish publicaría «Vecinos» en Esquire, donde era editor de narrativa. En 1972 recibió una beca, y empezó a dar clases en Stanford, y cuando nada podía ir mejor, Berkeley le ofreció plaza de profesor invitado, que ocuparía al pasar el verano. A esas alturas, había terminado su primer libro de relatos, que no vería la luz hasta 1976, con el título de ¿Quiere hacer el favor de callarte, por favor?.

Pero entremedias llegó agosto. «Todos los días bebíamos algo», contaba su mujer. No pensaban que eso fuese un problema. Atrapados en el éxito, se compraron una casa azul, con jardín, en Cupertino, cerca de San Francisco. Raymond había sido declarado recientemente mejor escritor de California, y Maryann daba clases en el distrito más rico del Estado. Para entonces, él llevaba cuatro meses sin escribir, y seguiría así durante dos años, aunque en aquel momento era imposible saberlo. «La familia estaba resbalando» mientras creía tocar el cielo (artículo completo en El Progreso).

Bares inmundos

La literatura transcurre a menudo en bares inmundos, nada literarios. No tienen wifi, hay cáscaras de cacahuetes en el suelo, nadie escribe versos en sus mesas, el café es normalito, no hay papel higiénico… pero son bares perfectos. Cualquier novela querría tener uno. Incluso Borges, tan literario para todo, no Bar inmundoencontró mejor final para El sur que un tugurio oscuro en el que las navajas volaban y los clientes se arrojaban migas de pan.

Todo lo que pase en los bares comunes sólo puede ser verdad, aunque sea inventado. El camarero, el olor a sudor, el ruido de la cafetera, incluso los ceniceros sucios, rezuman literatura. Las historias de Raymond Carver, por ejemplo, están llenas de garitos, a menudo vacíos, sin nombre, a los que llegan los personajes después de una discusión familiar. En Vitaminas, el narrador nos habla de un bar de negros con un dueño que viste camisas hawaianas. Algunos clientes llevan la botella debajo del abrigo, piden una cola y la mezclan. De vez en cuando uno le da un botellazo en la cabeza a otro. Se cuenta que una noche siguieron a un tipo hasta los servicios “y le cortaron el pescuezo mientras tenía las manos ocupadas meando”. Estos son los bares a los que me refiero, oscuros, mugrientos, y algunos días peligrosos. La literatura no sobreviviría sin ellos. Y los escritores tampoco (columna completa en El País).