Amor ajeno

Unos pocos días en tu vida, muy especiales, sientes que estás rodeado de objetos que solo representan viejos recuerdos o compañías, que ya no sirven para nada; ni siquiera para recordar. Te parece absurdo seguir atesorándolos. Resisten por inercia. No reparas nunca en ellos, salvo para moverlos cuando limpias o reordenas. Al tomarlos no despiertan resonancia alguna de los viejos tiempos. Solo ocupan espacio, y el espacio es hoy quizá el verdadero tesoro. De repente, aunque sean objetos pequeños, te estorban como gigantes de pies enormes y blandos. Animado por esa frialdad que te ataca sin explicación ni aviso, y solo muy de vez en cuando, los retiras de donde están, los introduces en una caja y los tiras al contenedor de basura. “¿Me arrepentiré?”, puede que te cuestiones. “Lo superaré”, te dices entonces, y sigues adelante.

Pero casi nunca te levantas y te encuentras ungido de semejante voluntad. Ya quisieras. Casi hay que tener el corazón helado. Yo admiro a la gente que conserva, pero aún más a la gente que abandona sus cosas. En nuestra vida cotidiana, cargada de pequeños simbolismos, nos gusta guardar fidelidad a infinidad de cosas que ya no significan nada, pero lo significaron, y con ese pasado nos basta para rendirles un extraño amor eterno. Pueden estar viejas, desgastadas, rotas, pueden carecer de uso, belleza, sentido. Ningún defecto nos parece grave. De hecho, esos defectos consiguen, paradójicamente, que se intensifique el apego. A veces, cuando vemos cómo alguien se deshace al fin —en uno de esos días especiales— de algo lo bastante simbólico, pero del todo inútil, corremos a recuperarlo para nosotros (columna completa en El Progreso).

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El primer libro amarillo

En mayo de 1981, Anagrama inauguró la colección Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura extranjera, con su característico color amarillo en la cubierta. La escritora elegida para el primer número fue Jane Bowles (1917- 1973), autora de Dos damas muy serias, en una traducción de Lali Gubern. El libro incluyó un prólogo de su amigo Truman Capote, con quien compartió hotel en París durante el invierno de 1951. Por una casualidad, como ocurre tantas veces, hace dos semanas acabó en mis manos un ejemplar original del libro que abría la colección amarilla. Lo compré por un euro en un Todo a Cien. Me sentí el tipo más afortunado del mundo. Incluso me consideré, por un momento, un as de las finanzas.

Abrí la novela al azar y caí, como se cae por unas escaleras, en un párrafo en el que la señorita Goering, una de las protagonistas, abandonaba una fiesta con un tal Arnold, al que acababa de conocer. El joven le proponía pasar la noche en su casa. “Probablemente así lo haré, por mucho que vaya en contra de mi código personal, pero, después de todo, jamás he tenido ocasión de seguirlo, aunque lo juzgue todo a través de él”, replicó ella. Me resultó simpática al instante (artículo completo en El Progreso).

Truman Capote dijo ‘puaj’

Nadie decía «puaj» como Truman Capote. En su correspondencia esa forma de transcribir el aborrecimiento aflora cada poco, y siempre suena terriblemente sincera, quizás porque la verdad aún estaba a salvo en aquellos tiempos en los que la gente escribía cartas para contarle su vida a los amigos lejanos. Recalé en su correspondencia buscando información sobre sus estancias en España, y ahí me encontré con su primer «puaj». En el verano de 1949, camino de Marruecos, pasó algunos días entre Madrid, Sevilla y Granada. Al llegar a Tánger le escribió a Robert Linscott para contarle que había sido un viaje espantoso, que «no repetiría ni muerto». ¿España? «Puaj». capoteFueron  unos pocos días, aunque repletos de aventuras, como el viaje entre Granada y Algeciras, cuando de repente toda la gente del tren empezó a tirarse al suelo y a gritar «¡bandidos!» Las balas silbaban. «Lo que pasa es que no eran bandidos. Sólo eran unos españoles que habían perdido el tren y disparaban para que parase. A un hombre le dieron en la cabeza», le resumió Capote a su amiga Cecil Beaton. El episodio lo dejó tan marcado que escribió un artículo para The New Yorker, titulado Un viaje por España. Fue la primera vez que la revista publicó algo suyo.

Pese a todo, admitía que el país era bonito. Esos días incluso visitó el Museo del Prado, «pero poco más». No resultaba agradable moverse por el territorio. Había que hacer frente a «demasiadas prohibiciones, demasiado papeleo, demasiada gente con uniforme». En abril de 1960 regresó para instalarse en Palamós y trabajar en A sangre fría. El periodista Robert Ruark le había convencido de que allí hallaría la calma necesaria para escribir, lejos del ruido que siempre lo acompañaba. «Lástima que la comida no sea muy buena, a no ser que te guste cocinarlo todo con aceite de oliva. A mí no», les confesaba a sus amigos Alvin y Marie Dewey (artículo completo en El Progreso).

Firme aquí, por favor

En los años ochenta, Truman Capote se hospedaba a menudo en el United Nations Plaza, cuando estaba en Nueva York. Se encontraba cómodo recibiendo a los amigos y a algunos periodistas en camisón, descalzo, con los ojos hinchados. En una de esas citas, cuando una señora de la editorial Random House abrió la puerta, apareció Martin Amis. Estaba allí en nombre del Observer. La representante de la editorial le advirtió de que Truman no se encontraba bien. «Hablar, habla, pero…», le iba explicando mientras atravesaban salas de espera. Entonces, como salido de la bruma, CapoteAmis reconoció al autor de Desayuno en Tiffany’s. «Tanta pena me dio que a punto estuve decirle: olvidemos la entrevista. Llamemos a una ambulancia. Da igual, lo llevo yo mismo», escribiría en su reportaje el escritor británico.

Mientras Capote tuvo que ausentarse al baño para «celebrar una larga y complicada sesión», a la que siguieron otras varias a lo largo de la tarde, él estudió la habitación. Las mesillas de noche, por ejemplo, estaban hasta arriba de revistas, libros y medicinas. Por fin, después de sonarse la nariz reiteradamente, Capote volvió a la habitación y se metió en la cama. El gesto sólo fue vagamente excéntrico. Juan Cruz detalla en Egos revueltos que una vez Camilo José Cela se sintió indispuesto, y le pidió que lo acompañase a su habitación en el hotel Mencey, en Tenerife. En un momento dado, como Capote, también Cela se levantó para ir al baño, y a la vuelta, comentó: «Y ahora a ver cómo viene el sueño». La misión de Cruz era dejarlo dormido, y se mantuvo en un apacible silencio, hasta que Cela le dijo necesitaba que le hablasen para poder dormir. Cuando el joven Cruz empezó a explicarle quién era, de dónde venía, qué quería hacer en la vida, advirtió que el premio Nobel roncaba suavemente, y «me fui de puntillas» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Ron Galella.

Qué bello es odiar

No se puede vivir sin aborrecimientos. Hay que odiar algo, cualquier cosa. De lo contrario, la existencia se vuelve demasiado larga y saludable. Truman Capote y Gore Vidal lo sabían, y por eso abrillantaban su enemistad cada poco. El odio que los unía representa uno de los más genuinos, inteligentes y bellos que ha dado la literatura. No dejaron que una sola vez se posase el polvo sobre su animadversión. Gore-Vidal-y-Truman-Capote.-Fotografías-Corbis.Fue un odio feliz. Incluso el día de la muerte de Capote, en 1984, la voz de Gore se alzó para felicitarlo: «Buena decisión profesional».

Antes de odiarse intentaron llevarse bien, pero los dos tenían el mismo sueño: ser el mejor escritor y la estrella más célebre. Capote, nacido en 1924, y Vidal, uno después, se conocieron en diciembre de 1945 en el apartamento de Anaïs Nin, en Nueva York, señala Gerald Clarke, biógrafo del autor de Desayuno en Tiffany’s. Se acercaba la Navidad y la escritora decidió dar una fiesta. «Cuando sonó el timbre, fui a abrir —escribe Nin en su Diario—. Vi a un joven pequeño y delgado, con los pelos caídos sobre los ojos, que me dio la mano más suave y huesuda que me hayan dado jamás. Era como la de un bebé escondida en la mía». Se trataba de Capote, que minutos después estrecharía la mano vigorosa de Vidal, un tipo que, al contrario que él, era alto, rubio y guapo. A pesar de sus diferencias físicas, mostraban importantes similitudes: sus madres eran alcohólicas y ellos se creían abandonados emocionalmente; se sentían atraídos por los hombres y, sobre todo, ambos ansiaban fama y prestigio (artículo completo en Jot Down).

Muerte de un escritor

Los escritores no mueren. Cuando un escritor muere, si es que muere, regresa. Nunca se va. Es un rayo que no cesa, como si de un modo u otro siempre hubiese tormenta, aun en verano. Huye lejos y se queda. Escribe en círculo. ¿Quién diría que Rafael Chirbes se fue, o que está muerto? ¿Murió acaso Robert Stone? Capote¿Murió James Salter? ¿Y Lemebel, y Tranströmer, y Galeano, y Grass? Si sientes muy próximo a un escritor, pues acarreas el peso de sus libros contigo igual que si fuesen las llaves de casa o el dinero justo para el pan que llevas en el bolsillo, su ausencia repentina produce un extraño vacío. Es normal. Se llama tristeza y desolación, y posee sus trámites. Pero no duran mucho. De pronto, escuchas otra vez el titileo de los libros, persiguiéndote. Un fantasma personal no desaparece, por mucho tiempo que pase. En el fondo, una novela que no olvidas, como La larga marcha o Dog Soldiers o Quemar los días, centellea también dentro del bolsillo, y en ocasiones, la fricción entre frases causa un incendio que te alcanza. Es grato (columna completa en El País).

Un detalle de mierda

Era la primera semana de agosto y yo no tenía donde caerme muerto, así que me fui al Reina Sofía, como otras veces. Me acomodé de pie ante el Guernica, vagamente interesado en el cuadro. Me gustaba tenerlo como banda sonora, acunando mis pensamientos mientras atendía al entorno. En este cuadro es muy importante precisamente el entorno, la atmósfera de que se rodea, los murmullos, las moscas, si las hay. Ese día, a última hora de la tarde, sucedió algo poco habitual, y durante unos minutos nos quedamos a solas con la pintura cuatro visitantes. Fue un instante mágico, de una soledad confortable y fresca. Más información

A reírte de tu madre, chaval

Hay que poner mucha atención en aquello de lo que te ríes. Yo intento que sea suficientemente serio. No basta que algo me haga gracia. Si así fuese me reiría a todas horas, por cualquier motivo, de todo el mundo. Procuro que además tenga gracia. El matiz es sutil pero brutal, como ese tipo de diferencia tenue, aunque atroz, que Truman Capote establecía «entre escribir bien y el arte verdadero». Este exceso de celo procede –cartas sobre la mesa– de una espeluznante experiencia durante la juventud. En mi teoría general de la especie, los traumas inconfesables no se cuecen tanto en la infancia como en el instituto. Más información