Lentísimamente

Tengo debilidad por los escritores que se levantan tarde y escriben poco, y tan lentamente, que al escribir en realidad borran. Su actitud denota que la literatura les importa muchísimo, pero no demasiado. Bastantes autores hay ya que se levantan a las cinco de la mañana y publican sin parar, como si la literatura tuviese siempre que ver con escribir. Entre libro y libro, los autores lentos tienen que dejar pasar años, a veces décadas, hasta que se reponen de la paliza. Aman escribir, pero intentan que ocurra solo ocasionalmente. Algo los impulsa y a la vez los aplaca, como a aquel futbolista extravagante que era Óscar Mas, que en una ocasión justificó una ausencia a un entrenamiento alegando: “Iba a venir y no vine”. Con su eterno silencio en los labios y la mirada, Antonio Lópezcomo decía Turgueniev, los autores lentos necesitan que comparezca toda una serie de complejas condiciones para hallar el sosiego desde el que trabajar de nuevo. Y cuando al fin se dan, escriben unas pocas frases, o versos, e inmediatamente se ven obligados a detenerse, porque resulta un pésimo indicio que el texto fluya. Les gusta escribir difícilmente, buscando problemas con los que pelearse.

Existe gran confusión en relación a la lentitud, por otra parte. Tendemos a interpretar como flemáticas cosas que, en el fondo, son velocísimas. Pensemos en Antonio López. Todos coinciden en que es un pintor lento, incluso lentísimo. Y lo es, qué hostias. Claro que lo es. Pero a la vez es un artista rapidísimo, pues su pintura a menudo consigue captar, cuando contemplas el cuadro ya acabado, un rayo de luz que, pongamos, entró en el encuadre en un lejano 1982. ¿Cómo se atrapa un rayo de luz concreto? Sólo se me ocurre decir que siendo más rápido que ese rayo de luz.

La lentitud ofrece propuestas muy sugerentes. Fleur Jaeggy sostiene que en literatura lo más interesante es «topar con dificultades, porque el placer de escribir están en resolverlas». La fluidez bien puede significar que no está pasando nada, y los escritores lentos la toman como una señal de que deben dejarlo todo para otro día; u otro año. Se sienten tristes y desgraciados cuando de pronto saben claramente cómo van a suceder las cosas en sus textos. Ese instante de conocimiento y claridad es el momento elegido para dejarlo, y regresar a la lentitud, de brazos cruzados. «A mayor velocidad en el trabajo, más pronto sobreviene el derrumbamiento», advierte Caballero Bonald.

Hace años, en verano, Carlos Barral invitó a Vargas Llosa a pasar unos días en su casa de Calafell. El novelista peruano llegó avanzada la noche, que es la hora más hermosa para llegar a los sitios. Bajó el equipaje del automóvil y se dirigió a la habitación que le habían reservado. A los diez minutos, ya se oía el tecleo de la máquina de escribir. Estas son las condiciones exactas en las que un autor lento jamás podría crear, pues tarda una eternidad en adaptarse a los cambios, aunque sólo se trata de un asqueroso cambio de sábanas. No le importa desaparecer, entretanto digiere las pequeñas revoluciones que atosigan a uno a lo largo de los días. Es admirable cómo se esfuman para siempre durante diez o quince años. Kant, cuando escribió Disertación inaugural tas su nombramiento como profesor de Lógica y Metafísica, se precipitó al silencio en busca de problemas y soluciones. No emergió hasta once años después, con Crítica de la razón pura. Ya me gustaría a mí no escribir más que un libro cada década, pero soy tan haragán e ignorante que me sale uno al año. No sé levantarme cada mañana a la misma hora, pero tarde, como Albert Cossery, y emplear dos horas en prepararme, y cuando ya todo parece estar en su lugar, incluido el silencio, escribir brevísimamente y despacio, a fin de redactar no más de dos frases a la semana, para acabar el libro dentro de diez años, a toda hostia.

Foto: Madrid desde capitán Haya, de Antonio López.

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Yo quería ser taxidermista

En agosto, esta ciudad se convierte en esa clase de lugares, familiares e inhóspitos, que no existen. O, en todo caso, existen vagamente, por referencias, una cita en una novela, una catástrofe en el periódico, y tal. Creo que es una de las razones por las que me gusta. Y porque soy vecino de Yosi, de Los Suaves. Aquí todos nos conocemos, pero sin saber muy bien quiénes somos. Eso te permite llevar una existencia apacible, casi aburrida, y portar de vez en cuando un libro de Faulkner bajo el brazo sin que nadie te pregunte si «ese Faulkner es de aquí». Más información

Mechero en los bolsillos

No salgo de casa sin estudiar qué llevo en los bolsillos. Esa maniobra sencilla y rápida a veces te salva la vida, como mirar a un lado y a otro antes de cruzar. Cada quien entiende por vida, naturalmente, lo que le parece. Cuando fumaba, me parecía que un hombre sólo necesita un mechero y un paquete de cigarros en el bolsillo para esquivar la tristeza, incluso la muerte. Hasta los 27 años, de hecho, yo no daba un paso si antes no echaba un encendedor al bolsillo. No tenía ideas, ni teorías, ni bicicleta, ni sexo, pero tenía zippo, por si alguna rubia buscaba fuego. «Las cosas importantes, siempre con uno», recomienda mi abuelo Cosme, en referencia al licor café. Por lo que pueda pasar. Más información

La utopía del puticlub

No soy un hombre de casinos, ni siquiera de prostíbulos, pero esta novela de intriga que escribe lentamente Sheldon Adelson, me hace feliz porque me recuerda a Onetti. Esta utopía ridícula que inspira Mr. Adelson, está perfectamente escrita en Juntacadáveres, donde el escritor uruguayo relata los intentos desesperados de Junta Larsen por instalar un prostíbulo en la ciudad de Santa María, que modifique la dialéctica monótona del lugar. Juntacadáveres resultó finalista del premio Rómulo Gallegos en 1967. Sólo cedió ante La casa verde de Vargas Llosa, otra novela sobre burdeles. Onetti aceptó la derrota, y en última instancia, y con humor, la achacó a que el prostíbulo de Mario Vargas Llosa era mejor. Hasta tenía una orquesta. El puticlub de Larsen, como el imperio que Sheldon Adelson quiere emplazar en España, era más un espacio utópico, como el falansterio de Fourier, desde el que crear una unidad que allanase la felicidad humana, que un lugar para follar o hacer una apuesta. El burdel, en Juntacadáveres, celebra el antivalor y se postula como la alternativa natural al poder y los valores de la Iglesia. De hecho, Junta Larsen halla antagonista en el padre Bergner, el párroco que se encargará de «poner el cielo al derecho», promoviendo la expulsión del proxeneta. No sé qué nos deparará la novela de Sheldon Adelson al final, pero su capacidad evocativa promete. Y nos recuerda que la realidad no es sino un pronóstico de los grandes escritores.

Foto: Juan Carlos Onetti.