Los típicos idiotas

Cuando vives en un sitio como Ourense y eres un desgraciado, como me ocurre a mí, la vida te parece maravillosa porque algunas mañanas te levantas, bajas a la calle, a cero grados centígrados, y ves a Yosi, el vocalista de Los Suaves, cruzando desde su portal al bar de enfrente en zapatillas de casa. No tienes trabajo, ni futuro, ni sueños, ni amante, pero tienes a Yosi, qué carajo. Es más de lo que mereces. Te entran ganas de entonar a capela, desde tu portal, «Las vueltas que da la vida, / el destino se burla de ti. / Dónde vas bala perdida, / dónde vas triste de ti». Pero en ese momento, con ese frío, no recuerdas nada, y menos la letra de «Dolores se llamaba Lola».

Te conformas con observarlo lleno de admiración, hundiendo las manos en los bolsillos, para rascar algo de calor en el fondo, mientras te preguntas por qué no eres como él, en lugar de como tú. Naturalmente, es una pregunta retórica, incluso estúpida. Eres Tallón, y no Yosi, porque quisiste empeñarte en ser periodista, en vez de un músico de provecho. Por eso, sólo por eso. Por nada más. Y porque no valías para otra cosa. Ni siquiera para ser periodista.

Se nota que Yosi acaba de levantarse de la cama. No lleva ni calcetines. Por cosas así, o como salir en bata, o con un moño, en el vecindario queremos tanto a Yosi. Nos gusta comprobar que hay gente más desastrosa que nosotros. Envuelto en su melena gris, como si fuese una manta, presencias cómo atraviesa la Calle Progreso lentamente y extiende una mano hacia los coches, para que frenen y no lo maten. Eso sería horrible. Probablemente echase a perder la gira con la banda. Notas, desde tu acera, que su resaca es perpetua y hermosa, como la cicatriz que te queda en la frente cuando te caes de la bici el día de la comunión. Es inevitable que te venga a la cabeza esa otra letra, que tampoco recuerdas, en la que él mismo canta «Whisky y cerveza son su comida / el hielo el motor de su vida / tan pesada como un fardo, / así pasa por la vida». Nadie toca el claxon. Se le venera demasiado. Es Yosi. No se puede ser más. Cuando se detienen y lo reconocen, los conductores bajan la ventanilla y a veces le gritan, como el sábado, «Yosi, no te mueras nunca, por favor. ¿Qué te cuesta?». Él saluda con la mano, sin volverse, como si la eternidad fuese, justamente, esa clase de cosas que se la sudan. Me agrada pensar que entre dientes los manda a tomar por el culo, y después entra en el bar Niza.

Hace ocho meses, recién instalado yo en el barrio, coincidí con él en el Día, haciendo cola en la caja. Estaba justo delante de mí, con las típicas zapatillas a cuadros, como las que usan nuestros padres, que ya no se fabrican. Creo que adivinó que yo estaba pensando en decirle algo superingenioso, porque se volvió y me preguntó: «Oye, ¿me pagas el pan?» Me fijé que también llevaba el típico chándal que es, en realidad, el típico pijama. No tenía bolsillos, así que me pareció normal –típico– que tampoco tuviese dinero. Ese día no tenía resaca –yo no tenía resaca– y reaccioné enseguida: «¿Baguette o artesana?» Entretanto, metí la mano en el bolsillo para contar lo que llevaba encima. Raro es el día que tengo conmigo más de tres euros. «Baguette», aclaró. «Entonces tienes suerte», dije. Llevaba justo. Una cosa condujo a otra, y pocos meses después, acudí a uno de sus conciertos, en un descampado, a las afueras de Ourense. Me admiró cómo fumaba un cigarro cada dos o tres canciones, y lanzaba la colilla encendida al público. Al parecer, sólo unas semanas antes, en un concierto en Pamplona, se había lanzado él personalmente. Había bebido algo, para justificar la resaca a perpetuidad del día siguiente, supongo. Y quién no bebe, tal y como andan las cosas. No están los tiempos para poner la felicidad en peligro. Un hombre inteligente, sostenía Hemingway, a veces tiene que emborracharse para poder pasar el tiempo con idiotas, en clara referencia a gente como yo y mis amigos, los típicos idiotas.

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