Qué pasó

Hay decisiones que no tomas. Te quedas quieto, y de algún modo se van tomando solas. Quizá saben que no miras y se forman a escondidas. Cuando adviertes su presencia, más tarde, ya están encima. Ni siquiera tienes tiempo a preguntar «cómo» o «qué». No hubo un tímido aviso, como esas goteras o grietas que alertan de que la casa en la que vives se va a venir abajo y te conviene salir pronto. Nada de eso. De pronto, arrecia. Son las pequeñas conspiraciones de la vida contra cada uno de nosotros. No haces nada mal, y de ahí sin embargo sale un error. ¿Quién no es víctima alguna vez de su inocencia?

Años atrás, una amiga de Barcelona se inscribió en un curso de tres días en Frankfort, sobre marketing. Era la nueva religión, y el mundo ya un sitio lleno de gente desesperada por rezar menos a dioses que a modas. Su propio jefe la animó a acudir. Incluso le pagó el viaje. Recientemente le habían subido el sueldo, así que tuvo la impresión de atravesar una buena racha. No es una persona pesimista, de manera que no temió que, con tantas cosas saliendo bien, fuese entre algún resquicio a suceder algo malo por una extraña ley de contrapesos. Hay que valer para ver el mundo con esa lógica, supongo (artículo completo en El Progreso).

Anuncios

Qué vamos a hacer ahora

No saber qué hacer con tu vida representa una vieja inquietud. Quizá parezca apremiante, pero en el fondo solo es divertida. Naturalmente, te turba, pero te llega en un momento —tal vez en la adolescencia, y desde entonces nunca deja de llegar— en el que ya sabes apañártelas para no pensar en las cosas que de verdad te preocupan. Se te olvida con los días, incluso con los minutos. Nuestro cerebro selecciona, como los niños que señalan a las cosas con el dedo, y aparta, como un limpiaparabrisas. En ocasiones posee el poder de volver invisibles las aflicciones, al menos durante un tiempo. Por otra parte, la vida no es un objeto, algo material, sino más bien un escenario, así que sin darte cuenta dejas de preguntarte por ella, por el sentido que hay que darle, y te limitas a vivirla. Es un juego serio. Pero un juego. Pero serio. Al final es posible que tú no hagas nada con ella; te hace ella a ti.

El día que alguien te preguntaba por tercera o cuarta vez qué querías ser en la vida, lo observabas con una ingenua superioridad y respondías con toda tu vocación: “Yo no quiero ser nada”. Para qué había que ser algo. Desconocer por dónde guiar tu vida parecía una misión de la edad. Significaba que ibas por el buen camino. Quizá la próxima vez que te lo planteases ya hubieses hecho algo interesante con ella, seguramente sin preverlo. La falta de planes mantenía tu fe en el futuro, y en que para entonces pasarían cosas buenas. Quién sabe si una planificación llevada al extremo no fue la razón del desastre en el que ahora estamos inmersos. Recuerdo cuando incluso salías de casa sin un propósito, a ver qué pasaba, en uno de esos actos en los que la vida se demostraba causal, inopinada y fulminante. Ahora siempre vas a un sitio expresamente. Nos acostumbramos a la idea de que no podemos perder el tiempo. No sé si es más ingenuo eso, o salir de casa para nada en concreto, por jugar precisamente con las horas, pero sin descartar nada y al final acabar por hacer algo maravilloso. Creíamos en la aventura, sin calcular siquiera que algo era una aventura (artículo completo en El Progreso).

Mr. Veinte por ciento

Gleen Horowitz (1956) es el principal distribuidor de libros raros y archivos culturales que existen. Su nombre está vinculado a los de Bob Dylan, García Márquez, Nadine Gordimer, Tom Wolfe, J.M. Coetzee, Alice Walker, John Updike, Winston Churchill, James Joyce, Vladimir Nabokov o agencias como Magnum Photos. Natural de Catskills, un pequeño pueblo del estado de Nueva York, sus abuelos, tíos y padres fueron buhoneros de todo tipo, así que se crio en la convicción de que vender cosas usadas era un acto noble. En casa “querían que fuera a la universidad, pero si pensaba en mi futuro, me veía convirtiéndome en un personaje de Jack Kerouac”, que llega a una gran ciudad, “desarrolla un trabajo manual, escribe novelas y mantiene muchas relaciones sentimentales”.

Cuando al fin se mudó a Nueva York para ser escritor, se dio cuenta “de la diferencia entre la literatura superior y lo que yo escribía”, confesó a Port Magazine en 2013. Entonces abandonó el viejo sueño de ser novelista. Empezó a trabajar en el departamento de libros raros de Strand Book Store. Pronto advirtió que comprar y vender obras era también una manera de vivir de la literatura. Tras 18 meses allí, pidió un préstamo a su padre, dueño de una tienda de muebles, y en 1979 años montó su propio negocio (artículo completo en El Progreso).

Pájaros

Intenté comprar Pájaros de América de Lorrie Moore. Cuando llamé por teléfono a la librería, el librero dijo que no les quedaba, y que seguramente estaba descatalogado. “Ni lo intentes”, me sugirió, supongo que para animarme. A continuación, busqué en la página web de Salamandra, que en su día lo había editado para España. Para mi sorpresa, Moore ni siquiera aparecía ya como autora de la editorial. Ni el menor rastro. Mal asunto, pensé. Quizá fuese uno de esos casos en los que algo que empezó bien acaba mal, y para superarlo y seguir adelante se borran las huellas, como cuando se rompe la relación con una pareja abruptamente y se arrojan a la basura fotos, recuerdos, regalos, cualquier cosa que recuerde a la otra parte.

Me sumergí en Google al tiempo que pensaba que era terrible que libros malísimos estuviesen impresos y se adquiriesen en cualquier parte, y otros, extraordinarios, nadie se ofreciese a reeditarlos cuando se agotaban. Fui a dar al proceloso mundo de los libros de segunda mano, que a su vez conduce al desencanto y la nada. En Amazon, un señor muy simpático, en Valencia, vendía un ejemplar exactamente igual al mío, de bolsillo, por 525 euros. Pedía 2,99 aparte para cubrir los gastos de envío. Eso me pareció un golpe de genialidad, humor del bueno. Me reí, y después susurré algo que sonó a “menudo gilipollas”, aunque no puedo asegurarlo. A ver si estaba yo perdiendo dinero por aferrarme a mi volumen en lugar de ponerlo también a la venta (artículo completo en El Progreso).

Fe de erratas

Compré Fe de erratas, el último libro de Bibiana Candia (A Coruña, 1977), en la página web de su editorial, desde el aeropuerto de Bilbao. No pude esperar a encontrarlo en una librería de mi ciudad, cosa que, por otra parte, nunca pasaría, ya que se edita bajo demanda. Al día siguiente, cuando ya estaba en casa, recibí un mail de Franz Miniediciones agradeciéndome la compra. “Ya hemos empezado a manufacturar tu libro y te volveremos a escribir cuando esté listo para ser enviado”, me explicó la editora, Christel Penella. Me quedé sorprendido. No tenía ni idea de que el libro se haría a mano. Le pedí que me contase algo más sobre el proceso.

Entretanto, escribí a Bibiana Candia, a quien sigo desde que publicó su primer libro de poesía, La rueda del hámster, en 2013. Para entonces, ella llevaba ya algún tiempo viviendo en Berlín. Sus planes desde hacía un tiempo “salir de España para ser escritora”. Esa determinación todavía me admira hoy. “La mayor satisfacción es hacer lo que te da la gana. Hacerte dueño de quién eres. Yo me pertenezco”, sostiene. Candia, que había dejado atrás una vida de funcionaria, cómoda, pero odiosa, necesitaba por entonces sentirse a solas con una historia que no estaba segura de si sabría contar, y nada más llegar se dio cuenta de que se encontraba en la ciudad perfecta. “Berlín nunca termina. Está siempre empezando”, sostenía. Cuando nos escribimos por primera vez me confesó que trataba de sacar adelante una novela. “He pasado por un tiempo en que he estado casi más aprendiendo a escribirla que a escribirla propiamente”. Eso fue a mediados de 2013 (artículo completo en El Progreso).

Nada debajo del vestido

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.

No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen (artículo completo en Jot Down).

Salinger en ruso

No se presta demasiada atención a la relación de Jerome David Salinger con Rusia. Y sin embargo es curiosa. Su bisabuelo se llamaba Hyman Joseph Salinger y era natural de Sudargas, una localidad en la frontera polaco-lituana, en el Imperio ruso. Del Payaso Zozo, como lo llamaba el escritor en Seymour: una introducción, decía que “era aficionado a zambullirse desde enormes alturas en pequeños recipientes de agua”, para referirse a que tenía ambición, pero que solo le servía para avanzar a pequeños pasos. Ni él ni su mujer se movieron de Rusia. En cambio, su hijo Simon F. Salinger abandonó a la familia para emigrar a Estados Unidos en 1881. Poco después de llegar, se casó con Fannie Copland, también inmigrante lituana. Juntos se trasladaron a Cleveland, y en 1887 nació Solomon Salinger, que fue director de una empresa dedicada a la importación de carnes y quesos europeos. En 1910, este se casó con Marie Jullich, y en 1919 nació Jerome David.

Para entonces, cualquier vínculo posible con Rusia se había evaporado. Los Salinger no eran dados a la tradición ni a la nostalgia. “Habían seguido su propio camino durante generaciones, sin apenas mirar atrás”, sostiene Kenneth Slawenski en la biografía del autor de El guardián entre el centeno. Precisamente con la novela protagonizada por Holden Caulfield vuelve Rusia al primer plano. Reed Johnsson, profesor de lenguas eslavas, publicó hace cinco años un interesante articulo en The New Yorker titulado Si Holden hablara ruso. Ahí cuenta que, a finales de los noventa, al concluir sus estudios universitarios, acabó en una región remota de Rusia dando clases de inglés para ganarse la vida. “Cuando me preguntaban de dónde era, yo sacaba mi desgastado ejemplar de El guardián entre el centeno y decía que había crecido a solo unas pocas millas de la casa de su autor”. El resultado de presentarse de ese modo fue sorprendente, porque resultó que Holden Caulfield “era al parecer tan venerado en Rusia como en Estados Unidos, si no más” (artículo completo en El Progreso).

Libros de mueblería

Entré en Merkamueble a media mañana. Era lunes, o bastante lunes. Había poca clientela. Fuera llovía y fui dejando pisadas de zapato mojado por el pasillo. No iba en busca de un sofá, una cama, un armario, una silla, un puf. Nada de eso. Pero allí estaba, en la mueblería más grande de la ciudad, ensuciando el suelo y evitando encontrarme con un empleado. Una mujer que pasó a mi lado, ocupada con un catálogo, me dijo que en dos minutos estaría conmigo. “Tranquila”, dije, quitando importancia a mi presencia. “Solo vengo a ver libros”, farfullé. Esa mañana no me había despertado con otra idea en la cabeza. Había oído contar algunas historias pintorescas sobre los libros con que Merkamueble ambientaba sus salones y dormitorios a la venta. Años después, de pronto, quise corroborarlas.

“¿Pero esos libros son de verdad?”, me preguntó mi pareja al salir de casa. “A veces”, señalé, encogiéndome de hombros. Le cité el caso de Ikea. Apenas entré en Merkamueble descubrí con un impreciso regodeo que sus libros también eran reales, no de atrezzo. El horror llegó al reparar en los títulos. Sobre una cómoda vi cuatro ejemplares de Corazón Agatha, de José María Plaza, una biografía sobre los años deslumbrantes de Ruiz de la Prada en la movida madrileña, de la que fue musa. Al lado, en una estantería fea, para salón, se agolpaban seis novelas de Ian Fleming, en tapa dura. Doctor No, Goldfinger y cuatro ejemplares de Desde Rusia con amor. Podían parecer demasiados ejemplares, pero estaba a punto de descubrir que todos los libros de Merkamueble —unos doscientos, calculé— se correspondían en realidad con unos pocos títulos (artículo completo en El Progreso).

La misión imposible de Lucio Ballesteros

Montoedo una pequeña aldea de Ourense, en la Ribeira Sacra. Tiene cuatro viviendas, una iglesia, un cementerio y un habitante, que se llama Lucio Ballesteros. Lucio tiene 87 años y está construyendo una nave espacial junto a su casa. Google Maps ofrece una vista privilegiada de su proyecto. Es como descubrir uno de esos complejos secretos donde un villano desarrolla un plan para acabar con el mundo.

En las aldeas de los alrededores, la historia de Lucio Ballesteros es casi conocida. Él y sus vecinos se dispensan una indiferencia mutua. Fuera de ahí, la historia se vuelve secreta, menos para los satélites y los cineastas Simone Saibene y Xoel Méndez, que preparan un documental que deambula entre la realidad y la ciencia-ficción, titulado 10/7, sobre este hombre excéntrico y seductor, músico y youtuber, escritor y filmmaker, al que consideran “un diamante cinematográfico” (reportaje completo en El País Semanal).

 

 

 

Coche fúnebre

El miércoles coincidí en la ITV con un coche fúnebre. Era un Peugeot negro, con poco encanto, y bastante sucio. Mientras esperábamos turno, en el aparcamiento, pregunté al conductor si no se aburría de ir siempre tan despacio, camino del cementerio. “A la vuelta procuro darle más caña”, me confesó. Comenté que en el Rallye de Regularidad Lambrea, en abril, participó un piloto con un coche fúnebre del 78. “Ya lo sé”, me dijo, secamente. No tuvimos tiempo para intercambiar más impresiones, ya que le ordenaron pasar al taller.

En el instituto, fui un par de veces a clase en coche fúnebre. Era un Mercedes plateado, brillantísimo, como unos zapatos recién cepillados, y largo, con un acabado delicado, solemne, que recordaba a un Winchester. Cada detalle de aquel vehículo expresaba con cierta elocuencia su destino. La primera vez que me subí a él era un día de mayo. Hacía sol. A las tres y media salí a la calle para dirigirme a clase de Lengua Gallega. De pronto, oí un claxon y al volverme vi cómo se detenía a mi lado el coche fúnebre. Me llamaron por el apellido desde el asiento del pasajero. Era un compañero de clase. “Qué cochazo”, observé, mientras estudiaba con discreción el interior, donde distinguí a su abuela conduciendo (artículo completo en El Progreso).

La vida larga

Nos pasamos la vida intentando alargar, casi desesperadamente, algunos momentos fugaces. Resulta un ejercicio delicado, como hacer globos con un chicle sin que exploten. El placer siempre es frágil. Y breve. Parece normal que deseemos prolongarlo, y también que pensemos que la vida es muchos días corta, y que, si durase un poco más, atraparíamos la felicidad que perseguimos. A veces solo pedimos estirar un instante, y que se convierta en un rato. Así comienza un día normal en cualquier de hogar. Cada mañana asisto al cruel espectáculo de una mujer dormida apagando su despertador en la oscuridad. Parece un gesto, pero es una guerra. Siempre ganan y pierden los mismos. El despertador suena y ella lo apaga, llorando por “cinco minutos más”. Pasado ese tiempo, el despertador explota otra vez, y entonces la mujer se levanta y la vida salta a otro capítulo.

A menudo los capítulos son cortos, y de pronto te encuentras en mitad de otro momento que te gustaría que no acabase jamás. Pueden ser esos otros cinco minutos en que te pones bajo la ducha. Algunas mañanas la temperatura del agua es tan perfecta que te acuna. La sensación es parecida a flotar en el mar, pero sin mar. Vas mal de tiempo, pero si no fuese así, te quedarías una hora dejándote golpear por el chorro, mientras se levanta una densa cortina de vaho que llena el cuarto de baño de anonimato, y todo se vuelve invisible y se desposee. Cuando cierras el grifo sientes una cuchillada, que te das a ti mismo. Es el fin del capítulo, que no consigues alargar más que unos segundos (artículo completo en El Progreso).

Yo te mato

El verbo matar posee una variante inofensiva, casi infantil, que remite a un acto lúdico, que en general nos hace la vida más llevadera. Matar, en cierto sentido, es jugar, y morir se vuelve extrañamente divertido. El lenguaje, y el afán de las personas por contar lo que sea, produce estas contradicciones curiosas. El jueves, en una de sus carreras desenfrenadas por el pasillo, descalza, mi hija se fue al suelo de narices. Solté el libro que estaba leyendo en mi estudio, que se volvió jabón mojado entre las manos. El estruendo me disparó los nervios. Sonó a una mezcla de grave y catastrófico, como si al mismo tiempo que la niña se hubiese fracturado un brazo, o el cráneo, también se hubiese roto algún objeto, o el propio suelo.

Salí disparado para averiguar qué había ocurrido, y si había sangre. Entonces encontré a Helena boca abajo, nadando en la madera. “Me maté”, explicó con una sonrisa, como si a los tres años entendiese perfectamente la naturaleza ambivalente de palabras como matar, asesinato o criminal. “Ah, bueno”, dije, respirando tranquilo, y regresé al estudio. Eso fue un par de días después de sorprenderla coloreando la mampara de la ducha con un pintalabios. “Yo te mato”, le amenacé con ternura (artículo completo en El Progreso).

El año que Susan Sontag se hizo famosa

EN 1964 cuando muy poca gente conocía a Susan Sontag, el crítico cultural Dwight Macdonald le dio un consejo rápido: “A nadie le interesan hoy en día las novelas. ¡Escribe ensayos!”. Sontag había publicado el año anterior su primera obra de ficción, El benefactor, que no se convirtió en un éxito comercial, precisamente. The New York Times Book Review la tachó de antinovela, donde “los personajes no tienen vida, sino que adoptan poses”. La obra apenas le permitió hacerse un pequeño nombre en los círculos intelectuales de Nueva York. Pero al año siguiente, cuando siguió consejo de Macdonald, se hizo famosa. A veces un cambio de género trae consigo un cambio de vida.

Acababa de renunciar a su vida universitaria para dedicarse a la vida literaria. Las creía incompatibles. “He visto a la vida académica destruir a los mejores escritores de mi generación”, declaró a The Paris Review en 1994. Después de la novela, dirigió sus esfuerzos en los ensayos periodísticos. El 3 de marzo de 1964, la policía de Nueva York entró en un cine underground mientras se proyectaba la película semipornográfica Flaming creatures, de Jack Smith, en la que se muestra una orgía sexual donde participan por igual heterosexuales, homosexuales, lesbianas y drag queens. Detuvieron a los asistentes y a los organizadores, secuestraron las copias de la película y cerraron el cine temporalmente. Se levantó un alud de protestas, que, en el caso de Sontag, desembocó en un artículo en The Nation en el que defendía apasionadamente la obra y situaba a Smith en la tradición artística del expresionismo abstracto y del pop art. Su defensa de la película fue tal, que en el proceso judicial al que dio paso la acusación de pornografía fue invitada a declarar como experta (artículo completo en El Progreso).

El beso interminable

No tener nada en la nevera es un drama que se va dibujando lentamente. Es difícil alegar que te cogió de sorpresa. Quizá el día anterior ya solo tenías un huevo. Pero cuando la nevera te acorrala, puedes fingir que aún resta esperanza aceptando la invitación de un amigo para ver un partido en su casa. Es lo que hice el sábado pasado. Me preparé para ver el Inglaterra-España fuera, y quizás de paso cenar. Llegué tarde, a eso de las nueve y cuarto. Cuando torcí la calle y enfilé el edificio de mi amigo, a 20 metros distinguí a una pareja besándose en el portal, contra la puerta. Tendrían 16 años. Estaba casi convencido de que conocía a la chica. Pero estaba oscuro y todo beso era en sí una forma de desaparición. Me detuve unos segundos y luego avancé despacio, esperando que tal vez escuchasen mis pasos y dejasen de besarse.

Finalmente, por no interrumpirlos, ya que a veces se resquebraja la magia, o se pierde el tranquillo, me di la vuelta y me alejé varios metros, en silencio. Era uno de esos besos que se elevan sobre la realidad, en los que se demuestra la liviandad de la vida, de la que solo las cosas pequeñas nos salvan. Ya era de noche. Me habría fumado un cigarro inocente, porque un cigarro equivale al tiempo que duran muchas de las cosas que nos son ajenas del mundo. Lo enciendes, te cobras su vida despacio, y cuando acabas, mataste unos minutos melifluos, incómodos, que sin humo no habrían pasado nunca. Pero yo no fumo, ni siquiera cuando es bueno. Escribí un par de mensajes inútiles a amigos seguramente aburridos. Mientras esperaba que se pusiese azul el doble check, espié las ventanas de los edificios. Cuando el check se puso azul, no hubo respuesta. Hijos de puta, pensé (artículo completo en El Progreso).

Jugarse la vida

La vida no tiene un precio fijo, y a veces nos la jugamos porque es necesario, y compensa, y a veces porque no lo es en absoluto, pero nos apetece, ya que somos idiotas. Personalmente, nunca vi a nadie jugarse la vida, en persona, si no fue por una estupidez. Es una de las contradicciones de la existencia apacible que llevamos en ciertos países, donde, necesitados de estímulos para sentirnos activos, buscamos peligros ridículos. En una ocasión, vi lanzarse a una piscina a un señor que no sabía nadar, solo por pura vanidad. Fue en mi pueblo, durante la inauguración de la piscina pública. “Alcalde, ¿puedo estrenarla?”, preguntó uno de los vecinos. “Por supuesto”, dijo el regidor. Ángel, que iba vestido de calle, se descalzó y se quitó la camisa y los pantalones, quedándose en calzoncillos. La gente aplaudía con envidia. Apenas se lanzó, sin embargo, vimos que hacía unos gestos preocupantes, de desesperación, mientras se hundía.

Pasó casi un minuto hasta que un concejal se acercó al bordillo y anunció: “¡No sabe nadar!”. Todos nos volvimos buscando al socorrista. “¡Sácalo!”, le pidió el alcalde a otro vecino, afín al partido, que iba a encargarse del cobro de entradas y de hacer funcionar la depuradora, tareas que lo convertían, por pura lógica, en el socorrista oficial. Acató la orden del alcalde entre unos resoplidos que sugerían disconformidad. Tampoco sabía nadar. Solo lo admitió en el momento que estaba en el agua, también a punto de ahogarse. Cuando los sacaron del agua, la escena pareció casi preparada, incluidos los ahogamientos (artículo completo en El Progreso).

La revolución de los «greasers»

En un peligroso Chicago, dominado por las bandas callejeras, desavenidas entre sí y a la vez enfrentadas la policía, se produjo hace cincuenta años un acontecimiento casi secreto de la contracultura estadounidense: la revolución greaser. Blancos, salvajes y grasientos, con su origen en el sur de Estados Unidos, los greasers se peinaban con brillantina, escuchaban a Chuck Berry, Vince Taylor y Johnny Cash. Su estética, más o menos vulgarizada, conquistó el imaginario colectivo con películas como Grease, The Warriors (Los amos de la noche) o West Side Story. En los sesenta promovieron la banda de los Young Patriots, integrada también por hillbillies y rednecks, sureños tradicionalmente conservadores, pero que en el contexto de un Chicago despiadado, y una vida urbana oprimida, se sumaron a la revolución, que iba a consistir en alcanzar la unidad de las bandas contra las fuerzas del orden, logro que fructificó en 1969 a través de la Rainbow Coalition.

Los greasers amaban las armas y las motos y vestían impecablemente. Adonde iban, los acompañaba la bandera confederada, a veces en forma de parche en una boina, un sombrero de cowboy o una chaqueta vaquera. Desprovista de toda implicación racista, servía de recordatorio de los orígenes proletarios del grupo. Los greasers vivían en el Uptown de Chicago, un barrio obrero “con casas cochambrosas, drogas, decenas de pandillas, desempleo y montones de basura en cualquier lugar”, explica Servando Rocha, autor del prólogo de Sucios, grasientos, rebeldes. Una revolución greaser, libro que acaba de publicar La Felguera, en el que se recopilan algunos de los artículos de Rising up Angry, periódico que durante siete años fue la voz de los greasers y muchas de las bandas de Chicago. (Artículo completo en El País)