Yo quiero ser psiquiatra

En el patio del colegio de mi hija, a media tarde, escuché a uno de sus compañeros, de casi cuatro años, decir que de mayor quería ser “psiquiatra”. Me caí de culo, claro. “Caray”, mascullé, fingiendo total admiración. “Así que psiquiatra, eh”, dije con vocecita sarcástica, muy bajito, por si rondaban por allí sus padres. “Sí, psiquiatra, como mi tío”, insistió el niño, con un orgullo que parecía justificado. Me contuve para no preguntar qué hacía un psiquiatra, y cómo le iba a su tío. “Y tú, Helena, ¿qué quieres ser?”, le planteé a mi hija, esperándome cualquier cosa. “Yo nada”, respondió con un gélido interés por el porvenir, mientras arrebañaba con una cuchara el fondo de petit-suisse. Me di por satisfecho. En un mundo lleno de gente ambiciosa, artificial e insaciable, la aspiración de no ser nada denotaba cierto carácter, pensé.

Cuando ella y sus compañeros se alejaron, me puse a calcular cuantas semanas o meses tardaría en querer ser finalmente algo, y qué algo sería. Después de todo, resulta difícil resistirse a la idea de hacer planes perfectos para el futuro. Qué importa si luego, con el tiempo, no se plasman en la realidad. La irrealidad también existe, y qué necesaria es en ocasiones, ¿no? Hay etapas en nuestra vida en las que no importa que no se cumplan los sueños, porque ni siquiera son sueños; son solo frases prestadas. Pero te aferras a ellas, porque a algo hay que aferrarse. En caso contrario el tiempo te alcanza y te queda la sensación de que no viviste (artículo completo en El Progreso).

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¡Fuera de mi tienda!

En el verano de 2007, siguiendo el consejo de la guía Lonely Planet, me dirigí al Greewich Village, en Nueva York, y entré en Bleecker Bob’s Records, una tienda que sobrevivía al crepúsculo de los vinilos, los casettes y los cd’s. Ya había oscurecido, pero aquel sitio abría hasta más allá de la medianoche. En los 60 había acogido al Night Owl Café, un club en el que habían actuado artistas como James Taylor o Lovin ‘Spoonful. Era un local polvoriento, lleno de carteles en las paredes, y con el suelo a cuadros blancos y negros a la entrada y de madera al fondo. Todo parecía mantenerse en las mismas condiciones que en 981, cuando los dueños trasladaron la tienda al 118 de West Third Street.

Era un templo encajonado entre una pizzería y una clínica psiquiátrica. En 2013, cuando Bleecker Bob’s Records cerró por culpa de la caída de las ventas y la subida de los alquileres, el local se convirtió en una franquicia de yogures helados y más tarde en un restaurante de sushi. Antes del cierre aguantaron gracias a los ingresos obtenidos por subarrendar un cuarto trasero a un salón de tatuajes y más tarde a un vendedor de comics.

Hace unas semanas, mientras hurgaba en la sección de obituarios de The New York Times, choqué con la necrológica del fundador y propietario de la tienda: Robert Plotnik (75 años). Aquella muerte era el final del final. Tuve la sensación de que en el mundo se desmoronaba sin parar y, aunque se levantase, había algo que desaparecía para siempre (artículo completo en El Progreso).

Así se pierde la cabeza

El presidente de los Estados Unidos es un personaje habitual en las películas y novelas de ese país. A menudo se vuelve un héroe, y en esos casos se hace difícil no sentir pereza. En cambio, la emoción se renueva cuando el tipo más poderoso del mundo actúa como un cretino, un mentiroso, un mentecato. Esta semana, por causalidad, leí un relato que Patricia Highsmith escribió en los 80, con el presidente y su mujer de protagonistas. Se trata de un disparate divertidísimo, como deberían ser, ya puestos, todos los disparates. En España el texto se incluyó en un libro traducido como Catástrofes, donde todos los cuentos “comienzan en un clima de trivialidad”, como señaló un crítico, “y acaban en una atmósfera cotidiana colmada de horror”.

En El presidente Buck Jones defiende la patria, la historia empieza un domingo, después de que trascienda, por la indiscreción de unos de sus colaboradores, un tal Phippy, que su administración vendió armas a los dos bandos de un conflicto en Oriente Medio. El propio Phippy exculparía al presidente de cualquier responsabilidad al día siguiente, en una comparecencia pública. Convencido de que todo iría bien, a media tarde el presidente se puso las zapatillas, el pijama y una bata, y se quedó dormido en una butaca. “Soñó con los comunistas. Apretaba uno o dos botones, y el poderío de Norteamérica se desencadenaba en tierra, mar y aire”, escribe Highsmith (artículo completo en El Progreso).

Equivócate bien

Hacer o no hacer una cosa es una duda que se presenta de manera incesante. En su afán por cumplir con cierto destino, las decisiones importantes, o incómodas, andan a tu acecho. Se comportan como un contratiempo. Y no puedes evitarlas. Te guste o no, no se apartan, a menos que hagas algo al respecto. No hacer nada, en todo caso, constituye otra forma de acción, demasiado equivocada. No tener que tomar decisiones atribuladas, que no sabes a dónde te llevarán, haría del mundo un lugar perfecto. Pero ese es un sueño para tontos. No va a pasar. El mundo es como es, y no hay más salida que hacernos responsables de las incomodidades que nos correspondan al vivir en él.

Las decisiones difíciles aparecen sin más, y has de arreglártelas como sepas. El proceso es casi siempre el mismo: no sabes qué hacer, y después lo haces, sea lo que sea, con desazón. Los días que está clara la decisión no detectas la incertidumbre, y no sufres. Son tal vez las mañanas que optas por vestir una camisa y no otra, o por preparar esta comida en vez de aquella, o por ignorar en lugar de avisar a alguien de que viajas a su ciudad. Los miles de pequeñas decisiones racionales que caben en un día normal, aunque conforman una especie de dictadura, apenas molestan por dentro. Es raro que te quiten el sueño o las ganas de disfrutar del resto de la jornada. Carecen de carga emocional. Casi pertenecen al aburrimiento. Pero esto no siempre ocurre. En tu vida habrá un montón de momentos en que no tengas claras tus decisiones, y padecerás por ello (artículo completo en El Progreso).

Ganar la guerra

Cuando empiezas una guerra te predispones a creer que será corta. Miras a la guerra y de vez en cuando también al reloj, como si fueses un obrero pendiente del tiempo que falta para irse a su casa. Algunos días no tienes claro qué deseas más, si ganarla o que simplemente acabe. No eres un desnortado ambicioso, y los tiempos de las cosas que duraban toda la vida se fueron para siempre. Te agrada pensar que estás muy ocupado, y las guerras reclaman demasiada atención y esfuerzo. Eres menos sentimental de lo que fuiste. Hay un punto a partir del cual solo pretendes pasar a otro asunto. Es una ventaja ser una persona a la que se la suda todo, porque puedes olvidar que vives en guerra, mientras esta tiene lugar, como en el caso de mi vecino. Estuvo un año en guerra con una máquina expendedora. Primero cruenta, después dormida, hasta que un día la olvidó. La guerra continuaba, pero él ya había pasado a otros asuntos. Ni siquiera estudiaba el reloj.

Hace unos días, mientras visitaba su cuenta bancaria para comprobar cómo iban sus negocios, descubrió por casualidad que la guerra había finalizado. Había ganado él. “Me invadió una extraña alegría, que no se extendió por todo el cuerpo, como cuando tiras algo a la papelera, desde lejos, y aciertas. Cerré el puño, satisfecho, y ahí se agotó el regocijo”, me contó. Quizá se le habían pasado las ganas de ganar. El principio de la guerra quedaba demasiado lejos. Todo comenzó en el aeropuerto de Madrid, un día que volaba con su pareja a Bolonia. Esperaban a la hora de embarque cuando reparó en una máquina expendedora. Se detuvo ante ella, por puro aburrimiento, y mientras estudiaba el género, el color rojo de la Coca Cola hizo su trabajo. Hacía meses que no bebía una (artículo completo en El Progreso).

Una historia de amor

En la lista de las pequeñas historias de amor que todos vivimos, en ocasiones sin reparar en que son historias, y menos de amor, caben relatos inadvertidos y breves. De repente, un día te das cuenta de que has entablado un idilio velado con alguien. No sabes muchas veces que esas historias de amor existen hasta que notas, casi al tacto, que se acaban, como al avanzar en la oscuridad por el pasillo de casa, tocando la pared, y descubres que deja paso al hueco de una puerta. Entonces te sumes en la extrañeza. Ves el vacío.

A veces la historia de amor consiste en decir “buenos días” durante años al señor mayor, de barbas, que no sabes cómo se llama, con quien te cruzas cada mañana paseando a vuestros perros. Tal vez solo consiste en distinguir, en la mesa de siempre, en la cafetería de al lado, a la señora de abrigo verde haciendo el crucigrama del periódico, y que cuando acababa te cede para que leas. O en coincidir con el recepcionista del hotel que, cuando que pasas por delante, se fuma un cigarro en la puerta, y os saludáis solo moviendo la cabeza, porque os conocéis del gimnasio. O en advertir, en los días que vas a trabajar a la biblioteca, que unas mesas más allá, después de tres años sigue acudiendo a estudiar la mujer que se lleva el pelo detrás de las orejas continuamente (artículo completo en El Progreso).

El brazo levantado

A todos nos dicen, en algún momento, “qué raro eres”. Tal vez seas una persona particular en algún aspecto. Pero después conoces a otras, muchísimo más raras, que te hacen sentir, en realidad, el ser más normal del mundo. ¿Quién es normal todo el tiempo, además? Una vida construida a base de normalidad, exclusivamente, sí que resultaría extraña. Una cosa normal no se diferencia demasiado, si lo piensas, de una rara. Nunca sabes cuándo algo ordinario se convertirá en extraordinario. Porque a veces pasa precisamente eso.

Hace poco leí la historia de Gordon, un muchacho de 10 años que vivía en la isla de Wight, al sur de Inglaterra. Tenía un hermano llamado Anthony, cuatro años mayor, que una vez estuvo 40 días sin sacarse un chicle de la boca. ¿Era raro? Puede. Pero un día, al irse a la cama, el hermano menor levantó el brazo por encima de la cabeza, y se quedó dormido. Cuando se despertó, decidió pasar algo más de tiempo con el brazo en alto. En el desayuno su padre le preguntó qué estaba haciendo. “Le dije que tenía un hormiguero en el brazo y que me sentía mejor con él levantado” (artículo completo en El Progreso).

¿Y qué pasa si mueres?

Acababa de morir, hacía cuatro días, alguien muy importante. La noticia produjo una notable conmoción, casi terror. Se trataba de un destacado editor, admirado por todos; también por quienes aún no sabían que lo admiraban. Sus libros, algunos de ellos legendarios, pasarán años en nuestras estanterías, y entre nuestras manos, agitándonos, hasta que también nosotros muramos. Hay profesiones y talentos que proporcionan cierta inmortalidad. Cuando tampoco nosotros estemos, él continuará ahí, aunque no todos se den cuenta. Quizás al leer los libros que editó se oigan unos misteriosos pasos, o un crujido entre frases, a la manera de los suelos de madera por las noches, que suenan cuando nadie los pisa.

Amigos y escritores, aunque también lectores, se quedaron afligidos, desamparados, desvalidos al conocer su muerte, que los sumió en una perplejidad violenta, durante la cual uno puede sentirse extranjero en su propio cuerpo. Había fallecido en mitad de eso a lo que Joan Didion se refería como un “instante normal”, durante el que se hace imposible pensar en la muerte, que irrumpe de repente, a veces incluso mientras atraviesas el mejor momento de tu vida, o al menos del día, y si te preguntasen dirías “¡Qué bien me siento!” (artículo completo en El Progreso).

Botón de play

En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida.

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. «He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela», comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trababa en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de «encontrar el botón del play». El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero (artículo completo en El Progreso).

Amor ajeno

Unos pocos días en tu vida, muy especiales, sientes que estás rodeado de objetos que solo representan viejos recuerdos o compañías, que ya no sirven para nada; ni siquiera para recordar. Te parece absurdo seguir atesorándolos. Resisten por inercia. No reparas nunca en ellos, salvo para moverlos cuando limpias o reordenas. Al tomarlos no despiertan resonancia alguna de los viejos tiempos. Solo ocupan espacio, y el espacio es hoy quizá el verdadero tesoro. De repente, aunque sean objetos pequeños, te estorban como gigantes de pies enormes y blandos. Animado por esa frialdad que te ataca sin explicación ni aviso, y solo muy de vez en cuando, los retiras de donde están, los introduces en una caja y los tiras al contenedor de basura. “¿Me arrepentiré?”, puede que te cuestiones. “Lo superaré”, te dices entonces, y sigues adelante.

Pero casi nunca te levantas y te encuentras ungido de semejante voluntad. Ya quisieras. Casi hay que tener el corazón helado. Yo admiro a la gente que conserva, pero aún más a la gente que abandona sus cosas. En nuestra vida cotidiana, cargada de pequeños simbolismos, nos gusta guardar fidelidad a infinidad de cosas que ya no significan nada, pero lo significaron, y con ese pasado nos basta para rendirles un extraño amor eterno. Pueden estar viejas, desgastadas, rotas, pueden carecer de uso, belleza, sentido. Ningún defecto nos parece grave. De hecho, esos defectos consiguen, paradójicamente, que se intensifique el apego. A veces, cuando vemos cómo alguien se deshace al fin —en uno de esos días especiales— de algo lo bastante simbólico, pero del todo inútil, corremos a recuperarlo para nosotros (columna completa en El Progreso).

«¡VAFFANCULO!»

Tony Soprano, salvo por algunos matices, es un hombre perfectamente común, de quien el mundo tuvo noticias el 10 de enero de 1999, hace justo veinte años, cuando HBO emitió el primer episodio de Los Soprano. La serie marcó el inicio de una era dorada, ejerciendo gran influencia en la televisión que se hizo después. Preguntado en The New York Times hace unos días por qué influencias eran esas,David Chase, creador de la serie, apuntó en primer lugar «al uso de un héroe profundamente imperfecto y sus problemas». Chase buscaba «cambiar las cosas» que se hacían en televisión. «Hay una canción de Elvis Costello donde dice: “Quiero morder la mano que me da de comer. Tengo muchas ganas de morder esa mano”. Esa es la forma en que siempre me sentía al trabajar en las cadenas de televisión, y creo que al final la mordí», añadía.

El héroe imperfecto que representó James Gandolfini (fallecido en 2013) lo es de tal forma que podría ser nuestro primo, nuestro tío segundo, nuestro padre. Incluso uno de nosotros en persona. Tony Soprano soy yo, usted, él. Tony es inseguro, gordo, calvo, impulsivo, cínico, violento, frágil, leal, comprensivo, prosaico… Incluso usa camiseta de sisas. No se puede ser más común, más como usted o como yo. Ninguna condición aislada lo define. Él es todas las condiciones, a menudo contradictorias. Cuando lo observas, reparas en que dirige la mafia de New Jersey, claro, pero en realidad a ti te impresiona más que es un pobre desgraciado con tus mismos conflictos emocionales. Es un ser imperfecto.

Nos sentimos cómplices de Los Soprano porque sus ochenta y seis capítulos recrean eso que tanta satisfacción proporciona al público contemporáneo: la pasión por lo íntimo. Cuando nos sentamos ante la serie vemos la mafia por dentro, haciendo vida doméstica, mezclada con los negocios. Y nos gusta. Tony está muy lejos de los héroes y los antihéroes de la Cosa Nostra, poco acostumbrados a reflexionar sobre sus contrariedades en voz alta. Los mafiosos de ayer son tipos que callan y mastican los silencios como si fuesen piedras, sin gesticular. Tony es un individuo atribulado, que no se siente atado por la omertá cuando se somete a su psiquiatra para tratar sus ataques de pánico. Pertenece a la vieja escuela, pero su personaje se sitúa fuera de las leyes del pasado. Aquellos códigos de antes, el honor, la forma de existencia de los gánsteres de otras décadas, ya soo constituyen parte de su vida en forma de películas en blanco y negro, que le gusta ver cuando se siente ligeramente triste. «Pienso en mi padre. Él nunca llegó a la altura que estoy yo, pero de muchas maneras, él estaba mejor. Tenía a los suyos. Ellos tenían sus normas. Tenían su orgullo ¿qué tenemos hoy?», se interroga en la consulta de la doctora Jennifer Melfi (artículo completo en Jot Down).

El primer libro amarillo

En mayo de 1981, Anagrama inauguró la colección Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura extranjera, con su característico color amarillo en la cubierta. La escritora elegida para el primer número fue Jane Bowles (1917- 1973), autora de Dos damas muy serias, en una traducción de Lali Gubern. El libro incluyó un prólogo de su amigo Truman Capote, con quien compartió hotel en París durante el invierno de 1951. Por una casualidad, como ocurre tantas veces, hace dos semanas acabó en mis manos un ejemplar original del libro que abría la colección amarilla. Lo compré por un euro en un Todo a Cien. Me sentí el tipo más afortunado del mundo. Incluso me consideré, por un momento, un as de las finanzas.

Abrí la novela al azar y caí, como se cae por unas escaleras, en un párrafo en el que la señorita Goering, una de las protagonistas, abandonaba una fiesta con un tal Arnold, al que acababa de conocer. El joven le proponía pasar la noche en su casa. “Probablemente así lo haré, por mucho que vaya en contra de mi código personal, pero, después de todo, jamás he tenido ocasión de seguirlo, aunque lo juzgue todo a través de él”, replicó ella. Me resultó simpática al instante (artículo completo en El Progreso).

Se vende biblioteca

Estábamos en el sofá, viendo una serie. Eran casi medianoche cuando entró un mensaje en el móvil. Hice como que no lo escuché, o como si no hubiese llegado, y tragué saliva. Siempre trago saliva cuando suena un mensaje a esas horas. Marta hizo como si yo no hubiese hecho, y cuando se levantó a preparar un cola-cao, o a hacer que lo preparaba, espié el teléfono. La perra, tumbada a mi lado, abrió un ojo. Leí. “Hace tiempo que quería decirte que en el Todo a Cien de la Avenida de la Habana hay muchos libros de segunda mano a uno y dos euros. Siempre que voy, pienso en decírtelo por si te apetece echar un vistazo. El dueño es un hombre atento y muy afable”.

Llegaba la Navidad, no tenía nada que hacer, así que al día siguiente me dirigí a aquel Todo a Cien. En el escaparate había tres maniquíes horriblemente vestidos, de fiesta, casi disfrazados. El dueño del negocio se llamaba Sar y era africano. El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. “Al fondo”, dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche. Aquel sitio, en el que parecía tan extraño que se vendiesen libros, me recordó al estanco de Auggie Wren en Smoke, que entre toda clase de artículos para fumadores también vendía libros (artículo completo en El Progreso).

Me gusta

Hacer solo aquello que te gusta, y desechar lo demás, es un pequeño capricho que se va desgastando con los años, como las cosas que pasan mucho tiempo al sol. Quizá las cosas que te gustan empiezan a gustarte menos, y a las que te desagradan no te importa ya perdonarles ese defecto. Los lujos también sufren el asalto de la decadencia, así que llega un día, casi sin darte cuenta, en que te pones a hacer cosas que no te gustan. Es una inercia, como lavar la taza del desayuno en lugar de meterla en el lavavajillas. Cuando al fin lo adviertes, te animas pensando que los buenos tiempos pasaron, y que ahora hay que apañárselas de cualquier manera. Hace unos días, a la abuela de una amiga le preguntaron qué quería de regalo para Navidad, y respondió: «No morirme». Eso es arreglárselas. En el salón se formó un gran silencio, me contaron, y los familiares no supiesen discernir si el deseo que expresaba la abuela era fruto de la ambición perdida, o lo contrario. Al final, uno de los nietos, para distender el ambiente, la animó a pedir algo más, «por si acaso».

No sé cuándo dejé de hacer exclusivamente cosas que me gustaban. Supongo que bastantes años atrás, a eso de las ocho y treinta y cinco de la mañana. Descubres de repente, y tarde, que cada vez haces más cosas que te fastidian. ¿Por que las haces? Porque tienes que hacerlas, porque nadie las hace por ti, porque si no las haces más tarde tendrás que hacer otras todavía peores. Madurar te obliga a renunciar paulatinamente a la felicidad fácil, por llamarla así, que vas atrapando en el aire, de puntillas, y metiéndotela en los bolsillos, insaciable. Basta que te guste algo para tomarlo, sin pensar que en la vida también hay que perder y ponerse triste por ello. No es un modelo de existencia realista ni sostenible. Sirve para que, antes o después, seas aplastado por la frustración. En cambio, aceptar poco a poco cosas que te desagradan, te entrena para la edad adulta, en la que se supone que las cosas rara vez salen como te esperas. Para entonces la idea que tienes de la felicidad exige una compleja elaboración, que llega a veces después de un esfuerzo titánico, y no pocas veces melancólico. No es ya algo que venga dado, que se recoge del aire, sino que más bien hay que inventar, y que disfrutas durante un lapso brevísimo (artículo completo en El Progreso).

«¡Hacedle una foto a Salinger!»

Pasaban los años y J. D. Salinger, asediado por el éxito de El guardián entre el centeno (1951), no daba señales de vida; ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo a Betty Eppes en 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.

En 1977, ante un silencio literario que empezaba a durar demasiado, el editor de narrativa de la revista Esquire, Gordon Lish, le escuchó decir a su jefe que no les vendría nada mal publicar un bombazo. Lish era un tipo expeditivo, y a la que pudo —pudo esa misma noche— se emborrachó y escribió «Para Rupert, sin remordimientos»; un relato cuyo título se inspiraba en «Para Esmé, con amor y sordidez», una de las piezas que componen Nueve cuentos, de Salinger. En la revista no lo pensaron dos veces y lo publicaron como «Anónimo» y muchos lectores creyeron que detrás se encontraba el auténtico Salinger (artículo completo en Jot Down).

Trocitos

Estamos acostumbrados a pegar los trozos de nuestras vidas sobre la marcha. Cada cierto tiempo algo se rompe, y sin detenernos a sopesar dónde va cada fragmento, nos rehacemos. Es un proceso automatizado, resuelto casi a ciegas. A veces se vuelve un estilo. Hay personas que se rompen tanto que salir adelante sin ser superadas por la adversidad y los daños se convierte en su manera de vivir. Circunstancias adversas las empujan a ser secretos héroes de sí mismas. A menudo solo ellas saben que se rompen. La rotura es un proceso solitario, y sobreponerse a ella muchos días también. Pese a todo, esas personas piensan que las cosas van a ir bien. Y aunque adivinen que no es así, siguen pensando que esa esperanza en el futuro es el mejor modo de encarar lo desconocido.

Nos rompemos de muchas maneras y por infinitos motivos. Porque pierdes el avión, porque se te acabó el dinero, porque enfermas, porque se muere tu padre, porque te maltratan, porque se averió el coche, porque te decepcionó un amigo, porque te despidieron del trabajo, porque tu pareja ya no te quiere, porque te quiere y tú te has enamorado de otra persona, porque te robaron el móvil, porque deseas cosas que no puedes conseguir, porque tu empleo es horrible, porque no sabes que te pasa pero algo te pasa, porque no aguantas más, porque tu amiga tiene cáncer, porque no duermes, porque el abuelo no recuerda quién eres…  (artículo completo en El Progreso).